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domingo, 1 de septiembre de 2013

EL FUEGO ARDE EN TI



María deja la cocina y se sienta en el viejo sofá de eskay del pequeño salón de su casa, apoyándose en el respaldo respira hondo, está cansada, desde que sonó el despertador, a las siete de la mañana, no ha parado ni un minuto. Después de preparar el desayuno, cuando los niños se marcharon al instituto y Paco al trabajo, ha hecho las camas y limpiado el suelo, ha puesto una lavadora y ha salido a hacer la compra, a la vuelta ha puesto a secar  la colada y ha preparado la comida.  Son las dos del medio día y ya tiene la mesa puesta, enseguida llegarán Paco y los chicos, y  continuará el ajetreo al que ya tanto se había acostumbrado. Hasta entonces se merece unos minutos de descanso.
            Cierra los ojos unos momentos, y su pensamiento vuela hacia el pasado, cuando aún tenía esperanza, cuando pensaba en un futuro feliz. Recuerda aquellos tiempos en los que compartía sueños con su amiga Paqui, con la que diariamente recorría los dos kilómetros de distancia que había entre el instituto y la calle donde vivían. Paqui estudiaría estética, y María peluquería, y juntas montarían un selecto gabinete en uno de los barrios ricos de la ciudad. Tendían éxito y se convertirían en prósperas empresarias, se rodearían de gentes de la alta esfera y conocerían a sus guapos y ricos maridos. Pero todas aquellas ilusiones se las llevó el viento, por mucho empeño que pusieron en hacer realidad aquello que en su día soñaron, el tiempo dio paso a la desilusión, a la desesperanza, a la realidad.  El marido de Paqui se dedica al transporte, y hace ya muchos años que se fueron a vivir a otra ciudad. De vez en cuando habla con ella por teléfono, lo está pasando mal, tiene tres hijos, y el sueldo de su marido no les llega para pasar el mes. Cuatro días a la semana  Paqui sale de su hogar a limpiar y cocinar para otra familia que no es la suya,  y gracias a ese ingreso extra van tirando, aunque se siente cansada y también desdichada. Y ella… a ella le podía haber ido mejor. Trabajaba en una peluquería y la dueña, una mujer mayor, se jubilaría pronto. El local estaba bien situado y tenía una clientela fija, María pensó que podría hacerse cargo del negocio y ahorró durante mucho tiempo con el fin de poder pagar el traspaso. Pero todo salió mal. Paco, su marido,  se quedó en el paro, y tuvieron miedo del riesgo que suponía emprender aquella empresa. Cuando Paco volvió  encontrar trabajo ya se habían gastado una parte del dinero ahorrado, y la peluquería había sido cerrada. Después llegaron los niños, y ahora, aunque no pasan apuros, no están para derrochar. Paco trabaja como repartidor en una distribuidora de bebidas, y llega a casa cansado y malhumorado, sin ganas de conversación, tan sólo quiere cenar y acostarse, dormir unas horas y recuperar fuerzas para poder afrontar el nuevo día de trabajo. María se siente sola y muy… muy infeliz.
Estos pensamientos hacen que su corazón se encoja en su pecho, y un par de lágrimas se desprenden de sus ojos. Mira a su alrededor con tristeza, no es así como, en su juventud, pensaba que iba a ser su vida. Respira hondo intentando recuperar el ánimo, y se dirige a la cocina, su familia está al llegar. Cuando se dispone a desconectar la radio, única compañía durante la ajetreada mañana, escucha de nuevo aquel anuncio publicitario. No es la primera vez que lo oye, y tampoco es la primera vez que le llama la atención. Las palabras del locutor se han grabado en su mente, y es capaz de repetirlas una a una  de memoria. Después de apagar el aparato vuelve al salón, seguramente va a hacer una tontería, pero está decidida. Coge el teléfono y, sin dudar, marca uno a uno los números anunciados en la emisora. “Dígame”, contesta una voz de mujer al otro lado del aparato, “¿hablo con Yaiza?”, contesta María, “sí, yo soy…”
Hoy María se ha levantado más temprano, además de preparar la comida, ha dejado ya la cena medio hecha. Después de comer recoge la mesa, friega los cacharros y deja en orden la cocina. Cuando Paco y los niños se marchan  María ya lo tiene todo listo, se ducha, se arregla, conecta la lavadora  y sale de casa, a la vuelta pondrá a secar la colada.  Va camino de la estación de metro, se dirige al otro lado de la ciudad.  Ahora está un poco arrepentida, en la radio anuncian a Yaiza como una vidente que, a través de las cartas del tarot, es capaz de hablar del pasado y también de predecir el futuro, María no sabe en realidad qué es lo que busca, quizá un rayo de esperanza, una pequeña luz al final del negro túnel en el que se encuentra. Al bajar del metro, María descubre una calle no muy diferente a la suya, los comercios, las casas, las gentes, todo es parecido al lugar donde ella vive, sin lugar a dudas se trata también de un barrio de gente obrera. Cuando por fin encuentra la calle, busca  el número de portal que anuncian en la radio, sube los dos pisos de estrechas escaleras y se detiene frente a la puerta, a través de ella escucha el centrifugado de una  lavadora, duda unos momentos, nunca ha solicitado este tipo de servicios y está un poco asustada, pero finalmente se decide y llama al timbre, el  sonido familiar del electrodoméstico cesa, y la puerta se abre.
Yaiza no tiene el aspecto de la pitonisa esotérica que María pensaba encontrar, por el contrario, se trata de una mujer vulgar, viste un vaquero y una camiseta blanca, el pelo, teñido de rubio y sujeto con una tirante coleta, deja totalmente al descubierto un  rostro que empieza a mostrar los surcos de la edad. Lo único que le llama más la atención de la mujer que ha salido a recibirla es el intenso color verde de sus ojos, y la profundidad de su mirada. Después de las presentaciones, Yaiza la invita a  pasar a una pequeña habitación, rápidamente María pasea la mirada por la estancia, unas tupidas cortinas rojas tapan la luz que entra por la ventana, en un pequeño mueble situado en un rincón se queman dos barritas de incienso que, con su aroma, intentan dar la estancia el ambiente adecuado. Sobre una de las repisas hay  una hermosa  caja de madera tallada, y junto a ella, dos candelabros de bronce, cuyas velas lucen encendidas. Una mesa redonda cubierta con una tela roja a juego con las cortinas, dos sillas y una lámpara con una sola bombilla que, suspendida del techo por una cadena, queda sobre la mesa, componen todo el mobiliario del cuarto. Las paredes están decoradas con unas cuantas láminas, que representan las figuras de las cartas del tarot. A María le parece que el lugar está perfectamente ambientado, solo hecha en falta la bola de cristal. Yaiza extrae de la caja de madera una baraja de cartas, María las mira asombrada, son las cartas del tarot, en ellas está encerrada su vida. Yaiza toma asiento frente a María, y comienza a descifrar una a una las mágicas cartas. 
Durante la siguiente media hora, María se siente inmersa en una especie de sopor que la hace viajar del pasado al presente, del presente al  futuro y de nuevo al pasado. Ya no ve a Yaiza como  una mujer vulgar, ve a una verdadera sacerdotisa que, vestida con capa y turbante dorado, se haya envuelta en un halo de misterio, una hechicera que, a través de su voz,  traspasa los recuerdos de María, haciéndola revivir experiencias pasadas, una sibila que le muestra un futuro esperanzador. Paco es un buen hombre, siempre la ha respetado, y le consta que la quiere, se desvive por ella, lo que pasa es que es poco cariñoso, pero si María se lo propone, es capaz de sacarle alguna caricia. Sus hijos siempre han sido unos chicos sanos y estudiosos, hacen deporte, y no se han metido en ningún lio, ahora están en la adolescencia, por eso son tan ariscos, pero eso pasará pronto. Y ella… bueno… es una buena ama de casa, y una excelente cocinera, y tiene los viernes por la tarde y los sábados por la mañana, esos dos días va a trabajar en la peluquería, durante unas  horas sale de la monotonía del hogar y hace lo que verdaderamente le gusta y, además, pasa un buen rato con las clientas, que son sus amigas, y se ríe con ellas.    
Después, todo vuelve a su lugar, Yaiza solicita el pago de la consulta. María, el fuego arde en ti, anímate, veras como todo va a cambiar, le dice Yaiza mientras aprieta sus manos en señal de despedida. Cuando  María baja la escalera, de nuevo, se escucha el centrifugado de la lavadora.
Poco tiempo antes, al oír el timbre de la puerta, Elena se ha sobresaltado, pensaba que era más temprano, se dirige rápidamente a la cocina y para la lavadora, que ya estaba en el centrifugado, recompone un poco su aspecto frente al espejo del recibidor y se dispone a dar la bienvenida  a su clienta. Se llama María, y como todas las demás mujeres que la visitan, busca un poco de comprensión, una pizca de ilusión, una brizna de confianza. La invita a pasar a la habitación que tiene especialmente preparada para su trabajo, y allí, la va llevando poco a poco a su terreno, le hace sutiles preguntas que la mujer, inocentemente, contesta con sinceridad. Elena va interpretando sus respuestas y hace que María, poco a poco, se vaya abriendo, sin percatarse de que, en realidad, no es la vidente, sino ella misma, la que va desgranado los secretos de su vida. María se abstrae, y recapacita sobre experiencias pasadas, y sin darse cuenta va dibujando, ayudada y guiada por Elena, el futuro que quiere ver.
Su clienta ya se ha marchado, Elena vuelve a conectar la lavadora y mira la hora, es temprano aún, se dirige al salón y se sienta en el viejo sofá de eskay del pequeño salón de su casa, apoyándose en el respaldo respira hondo, cierra los ojos unos momentos, y su pensamiento vuela hacia el pasado, cuando aún tenía esperanza, cuando pensaba en un futuro feliz.
Su abuela fue vidente, y la abuela de su abuela también, la tradición se perdía en tiempos remotos, siempre había sido así, era una gracia especial, un misterio que se heredaba de generación en generación, de abuelas a nietas. La gracia y los ojos verdes, las dos cosa iban emparejadas,  y a ella le había tocado. Sin embargo, su abuela murió antes de tiempo, y no tuvo tiempo de enseñar a Elena a controlar el don, a desarrollar la ancestral práctica. Desde muy pequeña, supo que, efectivamente, era la heredera del mismo don que poseía su abuela. A veces, cuando tenía contacto con otras personas, cuando le rozaban o le cogían la mano, sentía como si un rayo de luz le traspasara la mente, y veía, durante milésimas de segundos, imágenes de situaciones que aún no habían sucedido. Pero Elena no sabía interpretarlas, su abuela no la había enseñado, y ella no tenía la suficiente seguridad en sí misma como para transmitir a los demás aquello que creía saber que iba a suceder. Con el tiempo, aquellos flashes de videncia fueron sucediendo cada vez más distanciados, y Elena llegó a pensar que había perdido el don, sin embargo, no era así, no lo dominaba, no lo controlaba, pero ahí estaba, y en alguna ocasión, sin avisar, Elena lo sentía. Cuando llegó el momento de ir a la universidad, se decantó por la psicología, quizá encontrara, a través del conocimiento de las personas, la forma de canalizar el poder que tenía oculto en ella. Llevaba ya tres años estudiando, le gustaba, y le iba bien, pensaba que tenía por delante un prometedor futuro y trabajaba duro para conseguirlo. Fue entonces cuando conoció a Federico, se lo presentó su amiga Julia, y al cogerle la mano volvió a suceder, aquellas imágenes que aparecieron en su mente por unos segundos, la impactaron.  Federico la llevaba de la mano, y los dos volaban en el aire, en medio de una gran nube de humo, se sentían extasiados, felices… Elena y Federico se hicieron inseparables, “mi sibila” la llamaba él, y juntos aprendieron el manejo del tarot, y estudiaron las cartas astrales, y leyeron viejos libros de magia y encantamientos, y por la noche empezaron a adentrase, primero tímidamente y después ya de lleno, en un  mundo prohibido que les hacía salir de la realidad. Entonces Elena se sentía mágica, y bailaba a la luz de la luna, a diez centímetros del suelo, flotando sobre la tierra, inventando canciones de letras indescifrables que contenían conjuros de amor y de muerte. Con el nuevo día, llegaba también el arrepentimiento, la frustración, el llanto, la incomprensión y el abandono, sin embargo, al anochecer volvía a entrar en la misma rueda, que giraba y giraba, y  con cada vuelta que daba, destrozaba un trocito más de la vida de Elena. La universidad la dejó fácilmente, el mundo prohibido le costó mucho más, pero finalmente lo consiguió. Aún llevaba poco tiempo viviendo en esta nueva realidad en la que estaba aprendiendo a moverse, cuando conoció a Manuel, obrero de la construcción, un buen hombre que le ofreció compañía y cariño,  y con el que terminó casándose. De eso hacía ya muchos años y el balance no era tan malo, desde luego, su vida no era como la había planeado en su juventud, pero sabía que podía haber sido peor.
Elena no había tenido hijos, esa era su mayor pena, intentaron todo cuanto estaba en sus manos, pero no tuvieron suerte y al final desistieron. Elena llenaba las horas de soledad con la lectura, y muchas tardes se sentaba frente a  la mesa del salón de su casa y sacaba aquellas viejas cartas, entonces, mientras las colocaba una a una, despacio, boca arriba, su mente viajaba a mundos donde vivía vidas diferentes, las que hubiese deseado tener, las que ya nunca se darían. Un día Manuel se sentó frente a ella, sabía que Elena sabía leer las cartas y sabía también que le gustaba hacerlo, quizá podrían tener unos ingresos extras, le dijo, y a  Elena se le iluminó el rostro. Decoró una de las habitaciones intentando crear el ambiente ideal, y puso un anuncio en la radio, Yaiza, vidente, leía el pasado y el futuro en las cartas del tarot. Y sus tardes se llenaron de mujeres encerradas en una existencia llena de monotonía, mujeres que se sentían desdichadas e infelices, y necesitaban un soplo de aire fresco en sus vidas, y Yaiza se lo proporcionaba. Sutilmente, sin que ellas se diesen cuenta, las guiaba llevándolas al camino que ella les marcaba, las hacía hablar de ellas mismas, las ayudaba a encontrar en el pasado aquello que había de bueno y tenían olvidado, y a partir de ahí, ellas solas, se construían un nuevo futuro. Dejaban de ver oscuridad, y se disponían a caminar en busca de aquel rayito de luz que lucía a lo lejos.
De repente, Elena abre los ojos, sabe que le ha vuelto a suceder, al despedirse de María le ha cogido las manos, y el flash ha aparecido frente a ella. Que estúpida ha sido, las palabras han salido de su boca sin pensarlas, “María, el fuego arde en ti”, se lo ha dicho para darle ánimos, pero, el significado de la imagen que vio en su mente durante aquellos instantes, significaba otra cosa. Se levanta rápidamente y abre la puerta, ¡María!, grita mirando hacia abajo, sin embargo, sabe que María ya está lejos, aún así, baja corriendo la escalera y mira a un lado y otro de la calle, María ya no está. Elena vuelve a su casa y se echa sobre la cama, llora sin consuelo, no prendas la cerilla… María, por favor… no prendas la cerilla, repite una y otra vez entre angustiosos sollozos.
María baja del metro y toma el camino de su casa, marcha contenta, ha sido una buena experiencia, esa mujer le ha hablado de situaciones del pasado y también del presente, y le ha hecho ver que su vida no es tan agónica, ahora se siente eufórica, desea llegar a  casa cuanto antes y preparar algo especial para cenar, hace tiempo que no cocina con ganas, y esta tarde le apetece, de repente ve la vida de forma diferente, y se lo debe a Yaiza. Pasa por el supermercado y hace alguna compra, después se para en la pastelería, se va a dar un pequeño capricho.  Al llegar a su calle se tropieza con Vicenta, su vecina de enfrente, pasan unos minutos hablando sobre el tiempo, sobre los hijos y sobre la subida precios, después saluda a la verdulera, que está bajando la persiana de su negocio. Ya son las ocho y ha oscurecido, su familia llegará pronto, se le ha hecho un poco tarde. Al abrir la puerta de su casa nota un extraño olor dulzón que de momento no sabe identificar, pulsa el interruptor de la luz, sin embargo, la bombilla no se enciende, ha debido saltar el automático, pasa a menudo, sobre todo si deja puesta la lavadora, como ha hecho hoy. En un cajón del recibidor guarda velas y un mechero, para cuando le sucede esto, pero solo encuentra las velas, por más que palpa dentro del cajón no haya el encendedor, se dirige a la cocina, allí tiene cerillas.
Cuando prende el fósforo, María no sabe que hoy todo se ha confabulado contra ella, las casualidades, las coincidencias, la mala suerte… La explosión es inmediata, María no llega a advertirlo, sin embargo, rápidamente, en un instante… el fuego arde en ella.

5 comentarios:

  1. Como todas tus historias, ésta me ha gustado muchísimo. La sencillez con la que está escrita y la inocencia de los personajes cotidianos que describes me ha sumergido en la historia y me ha hecho vivir cada momento.
    Gracias por compartirlo.

    Anabel.

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  2. Que historia más bonita, con que sencillez nos cuenta los desasosiegos de las personas y lo poco que necesitamos para encontrar un poco de esperanza. Gracias por compartirla
    Mariana

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  3. Jolin !!! pobre María ...me ha gustado la historia pero el final ....qué penica !!

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  4. Vaya enganche tengo con tus historias. Y el lagrimeo de luego no me lo quita nadie. Consigues que entremos en las vidas de los personajes de tal forma que sintamos todo lo que les ocurre.
    Como siempre, enhorabuena.
    Besos.

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  5. Waou ! pensaba en otro final ... me ha encantado .... una historia, la historia de todas nosotras ... gracias por ese momento ;) seguiré leyendo tus relatos . Un saludo :

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