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viernes, 12 de julio de 2013

AL OTRO LADO DE LA VENTANA



Al entrar, miró el gran reloj que coronaba la puerta de la estación, eran las 6 de la tarde, su tren tenía prevista la llegada a las 6:30, demasiado temprano, le sobraba tiempo para  tomar algo. Se dirigió hacía la cafetería, pero las mesas se encontraban repletas de gente que, al parecer, había tenido la misma idea que ella, así es que miró en el panel donde se anunciaban las horas de llegada, y consultó el andén en el que entraría el Talgo procedente de Madrid, después buscó un banco vacío donde sentarse a esperar. 
Tenía el corazón oprimido en su pecho, deseaba que esos minutos que la separaban de él pasaran rápidos, y que el tiempo se detuviera unos instantes en el momento del encuentro, en el momento en el que sus miradas se encontraran, tan sólo necesitaba unos segundos para saber que todo iba bien, tan sólo unos segundos, para disipar ese miedo que la embargaba.
Cerró los ojos un momento y respiró profundamente, tenía que relajarse, no era momento de dudar, le había costado mucho tomar la decisión y no debía echar marcha atrás, ya era tarde para eso.
Poco a poco, empezó a dejar de escuchar las voces de la gente. El movimiento, el ruido de la estación, fue desapareciendo y, sin darse cuenta, se adentró en su interior, y recordó los acontecimientos que la habían hecho llegar a dar este paso.
Aquella tarde, Mercedes había ido a visitarla. Sus amigos nunca la dejaron sola después del accidente, intentaban todo lo que estaba en sus manos con el fin de animarla, aunque, hasta el momento, nadie lo había conseguido. Ella ponía de su parte, pero no lo lograba, su estado de ánimo era muy bajo, y ni siquiera las pastillas que le habían recetado conseguían devolverle, aunque sólo fuese un poco, la alegría de vivir. Ese día, Mercedes estaba especialmente habladora, no paraba ni un momento, acababa de recibir la invitación para una boda, su prima por fin se casaba, y  le contaba la peculiar forma en la que la muchacha conoció a su futuro esposo, “llevan dos años juntos y están muy enamorados”, decía, “y se conocieron a través de la red, ¡en un chat!,” “¿te lo puedes creer?”. Al cabo de55tgml rato se encontraban con el portátil encendido y buscando una página de contactos en el Google.  “Ana, ¿Qué nombre quieres que pongamos?, no sé, contestó, déjame que piense,  Sibila, pon Sibila, estoy leyendo un libro del rey Balduino de Jerusalén y su hermana se llamaba así”,  y pocos minutos después, Mercedes hablaba con varios desconocidos que le hacían la mismas preguntas, y a los que daba las mismas respuestas; “hola, cómo te llamas” “de dónde eres” “cuántos años tienes”. Recordaba las ganas que tenía de que llegara la hora de que  Mercedes se marchara, para quedarse por fin sola, sin embargo, no parecía que su amiga tuviera intención de irse pronto, había encontrado un buen entretenimiento jugando en aquel lugar de la red, mantenía, al menos, tres conversaciones simultáneas con tres desconocidos de los que no sabía nada.  Cuando por fin se cansó del juego, se dio cuenta de que se le hacía tarde para recoger a su hijo de la guardería, y se marchó a toda prisa. Al quedarse sola, Ana sonrió, su amiga había procurado mantenerla distraída durante unas horas, le estaba agradecida por el intento, ya no sabían qué inventar para hacerle la vida más alegre. Agradeció la soledad, encendió el televisor y se dispuso a pasar otra tarde zapeando por los canales, hasta encontrar algo que llamara un poco su atención, y así, pasar el resto de las horas que quedaban de ese día, que estaba siendo exactamente igual que los demás. Eran sobre las nueve cuando sintió hambre, se levantó del sofá para ir a la cocina. Sobre la mesa del salón estaba el portátil, una ventanita se abría una y otra vez en la esquina de la derecha, “holaaaa” se leía, “hay alguiennnn?????”, “eooooooo”, Mercedes debió dejarse abierta la página del chat. Makemake, uno de los planetas enanos, le hizo gracia el nombre, se sentó frente al teclado y contestó: “pues sí, si hay alguien, estoy yo”. Y esa frase cambió su vida.
Alejandro consiguió, en poco tiempo, abrir en ella una ventana hacía el exterior. Todos los días, al anochecer, se sentaba frente al ordenador, y la abría de par en par, para sentir cómo el aire fresco se apoderaba de ella de nuevo.  Con el paso del tiempo, por las frases que iba leyendo, fue descubriendo como era aquel que se encontraba al otro lado, y esa lejana persona a la que no escuchaba, a la que no veía, fue entrando en ella sin darse cuenta, y se sintió conectada a él. Pasaba el día esperando que llegara el momento de colocarse frente al portal, para sentirse de nuevo  transportada a ese otro mundo en el que sólo estaban ellos dos, a ese espacio suyo que habían creado en la red, y en el que estaba experimentando nuevas sensaciones, nuevos sentimientos. Sus amigos no tardaron en darse cuenta del cambio que se estaba produciendo en ella, y aunque intentaron averiguar el origen de tan grata metamorfosis, Ana no les reveló su secreto, aún así, todos se alegraban de ver cómo iba recuperando la alegría que siempre la había caracterizado.
Ana siempre supo que quería dedicarse al derecho, a defender los intereses de los ciudadanos, su meta era ser juez, así pues, una vez conseguida su licenciatura, se puso a ello con ahínco, y lo consiguió, aprobó la oposición y obtuvo la plaza. Se sentía cómoda en su trabajo y estaba segura de que el futuro que tenía por delante, le brindaría buenas oportunidades para seguir subiendo puestos en su profesión. Le gustaba su trabajo, pero con lo que más disfrutaba era con la escalada, su único hobby. Todo su tiempo libre lo dedicaba, de una forma u otra, a la montaña, que ejercía sobre ella una atracción irresistible, que la arrastraba a metas cada vez más lejanas y salvajes. Hacía muchos años que practicaba este deporte de riesgo de forma amateur, con un grupo de amigos que tenían la misma afición que ella, no hacía falta irse muy lejos para encontrar lugares maravillosos, en forma de corredores y vertientes heladas, en donde la escalada y la ascensión sobre la nieve y el hielo era tremendamente bella, sin dejar de ser dura y peligrosa. Sin embargo, le sabía a poco, su carácter aventurero y emprendedor le pedía más, y decidió entrar en aquel club de élite. Allí conoció a Carlos, su alma gemela. Juntos realizaron arriesgadas ascensiones, en las que la satisfacción de conquistar la cima, les hacía sentirse poderosos. Cuando algún amigo le preguntaba por qué se arriesgaba tanto, a Ana le era muy difícil expresar con palabras las intensas experiencias que vivía en la montaña. Cada una de las escaladas era única  y  le aportaba sentimientos y sensaciones diferentes, lo mismo que a ella le sucedía a Carlos, con el que le llegó a unir un lazo muy fuerte, se había convertido en más que un amigo, era su confidente, su cómplice, su inseparable compañero.
Estaban a punto de emprender la más arriesgada aventura, tan solo mirando aquella hermosa cima, experimentaban una descarga de adrenalina. Ese monte poderoso que se alzaba frente a ellos, los retaba, y ellos aceptaron el reto. Se habían preparado bien, sus cuerpos estaban en forma, y sus mentes también. A la vuelta les esperaba la vida en común, por fin, después de meses de intensa relación habían decidido vivir juntos. Pero eso no llegó a darse, aquello que se presentaba como un desafío, como una meta a la que los dos deseaban llegar, aquello que para ellos significaba plenitud, libertad, expansión del alma… se convirtió en la peor de las experiencias. Todo marchaba  bien, disfrutaban de unas vistas de ensueño, se trataba de un monte espectacular. Comenzaron a escalar las verticales paredes de hielo azul, cuando un tremendo estruendo llegó a sus oídos. La montaña se desprendía, no tuvieron tiempo de reaccionar, se encontraban en un cañón, a mucha altura, en una zona de difícil acceso, y el alud, al caer, arrastró con él a Carlos. Ana quedó medio atrapada en el hielo, no podía subir pero tampoco había forma de descender, la angustia se apoderaba de ella por momentos, no veía a Carlos, ni al guía, y temía por sus vidas. Con el paso de las horas la temperatura iba en descenso, el agua se había congelado, y sólo disponía de barritas energéticas. El viento, el frio, y la soledad, fueron sus únicos compañeros durante las 48 horas en las que Ana permaneció colgada de aquella montaña. Después de mucho esfuerzo, el guía consiguió llegar al campamento, y dio  la alerta. Avisó a los servicios de vigilancia que, rápidamente, pusieron en marcha un dispositivo de rescate. Transcurrió mucho tiempo hasta que consiguieron localizarla y, tras una complicada maniobra de rescate, Ana, fue trasladada en helicóptero al hospital. Después de algunas horas más, consiguieron recuperar el cadáver de Carlos.
No pudieron salvarle el pié, lloró y suplicó pero estaba demasiado dañado, no había mejor solución. Ana quedó sumida en una gran pena, en aquella estúpida aventura, en la que se había embarcado para sentir la gloria de la cima, había perdido a la persona más importante de su vida, y también había perdido parte de ella misma. Quedó inmersa en la soledad, no quería nada ni a nadie, se le fue la alegría de vivir. Durante un largo periodo de tiempo permaneció en casa, sin salir, sin aceptar compañía. Sus amigos no podían permitir que la depresión pudiera con ella, y se propusieron que Ana llegara a volver a ser la misma que fue, y se pusieron a ello. Organizaron el tiempo para que Ana tuviera todas las tardes la visita de alguno de ellos, la obligaban a salir a la calle, a abandonar la silla de ruedas y sustituirla por las muletas, a hacer la rehabilitación, a escuchar, a hablar. Pero los resultados no se dejaban ver. Ana  seguía triste y apática, no había nada que la hiciera esperar un día nuevo.
Ahora era diferente, había descubierto un pequeño hueco que, poco a poco, se iba abriendo, y a través de él volvía a ver la luz. Alejandro conseguía adentrarse en ella, y sacarla de la sombra. Volvía a tener interés por las cosas, de nuevo se miraba al espejo y quería verse guapa. Aceptó la prótesis que le proponían, y trabajó la rehabilitación para adaptarse a ella y poder caminar como lo hacía antes. Una tarde, al abrir la ventana secreta que los unía en ese mundo mágico de la red, se encontró con una foto de Alejandro. Era exactamente igual a como lo había imaginado, alto, delgado, moreno. Su rostro emanaba dulzura. Ella también le envió fotos suyas, de antes, de cuando aún no le faltaba nada. Después, por fin, decidieron  escucharse, y su voz penetró en ella, cuando sonaba el móvil y veía su nombre en la pantalla se le aceleraba el corazón, y cuando le hablaba, la traspasaba. Sus conversaciones duraban horas, daba igual que fuese a través de la red o a través del teléfono, el tiempo se les escapaba. En aquellas largas charlas que mantenían lo compartían todo, bueno…, todo no…, Ana nunca le habló a Alejandro de lo que sucedió aquel fatídico día, no le contó nada sobre el accidente, ni de las secuelas físicas que éste le dejó. Quiso hacerlo, muchas veces intentó hablarle de ello, necesitaba contárselo, pero no le salían las palabras, su mente se negaba a hablar de ello.
Había pasado el tiempo, y el momento del encuentro llegó. Alejandro venía a la ciudad por motivos de trabajo, seguramente era sólo una excusa para desplazarse hasta allí y verla,  era lógico, hacía más de seis meses que mantenían aquella extraña relación en la distancia, no podía demorarlo más, y allí estaba, con sus muletas, con su pié ortopédico, sentada en el banco de la estación, esperando su llegada. Y… ahora… se arrepentía de no haberle hablado del suceso, de su tara. Al verla se sentiría engañado y la rechazaría,  y tendría razón, no había sido sincera con él. Las lágrimas le surcaban el rostro, no debió llegar tan lejos, se trataba tan sólo de una ilusión, debía asumir su defecto y aprender a vivir con él, aún no lo había hecho y ese era el motivo por el que nunca le habló de lo sucedido. Alejandro no se merecía este engaño. Tenía que marcharse, no estaba preparada, no quería sentirse despreciada o rechazada, ni acogida por la pena, no lo podría soportar. Se levantó despacio y, con ayuda de sus muletas, comenzó a alejarse de aquel lugar. Su corazón se rompía con cada paso que daba alejándose del andén.
A Alejandro, el viaje en el tren se le hizo eterno, miraba el reloj  a cada momento, para comprobar, una y otra vez, que el tiempo pasaba lentamente. Esperaba ansioso que llegara el momento de encontrarse con Ana.  Ana…, esa muchacha a la que había sentido hundida, triste, y desdichada, esa mujer que había sido capaz de superar obstáculos, que cada día sacaba ánimos de su interior, para afrontar un nuevo día, esa persona tan especial que había conseguido llenar sus días. Cuando aquella tarde la foto que le envió ocupaba completamente la pantalla de su ordenador, su rostro le resultó familiar, estaba seguro de haberlo visto antes, después, reconoció el monte nevado que había tras ella, y recordó, buscó información y la encontró. Se trataba de aquella alpinista, a la que rescataron después de pasar muchas horas a temperaturas increíblemente bajas, la que perdió a su pareja en el accidente, a la que tuvieron que amputar un pié. Su pobre Ana, ese era el motivo por el que la notaba tan triste, tan apagada, sin embargo, había puesto todo su empeño en superarse, y lo estaba consiguiendo. Nunca le habló del accidente, posiblemente aún no lo había superado, lo haría cuando se sintiese preparada, no había prisa. La amaba en la distancia, y deseaba encontrarse con ella para poder transmitirle todo aquello que solo puede hacerse con la mirada, con las manos, con el cuerpo.
Daba clases de astrofísica en la universidad de Madrid, era tímido, introvertido, despistado y un poco patoso,  poseía  todos los ingredientes necesarios para parecer un científico loco. Siempre le había costado crear vínculos con las personas, tenía pocos amigos, aunque sabía que podía confiar en la amistad que le brindaban. Aquella noche se encontraba  cansado, tuvo un día duro y, al llegar a casa, lo que menos le apetecía era encender el televisor. Intentó seguir con la lectura del libro que tenía a medias pero, después de leer varias páginas, se dio cuenta de que no había retenido ni una palabra en su mente. Encendió el portátil, miró el correo electrónico, nada importante, un compañero de trabajo le enviaba un artículo, que le pareció interesante, el resto era publicidad de lo más variada. Uno de los correos anunciaba una página de redes sociales, no tenía nada mejor que hacer y le dio el clip al ratón, introduce tu Nick, ni idea de lo que era eso, supuso que debía entrar un nombre, lo intentó varias veces pero siempre obtenía la misma respuesta, “ya está en uso”, finalmente introdujo “Makemake”,  que junto con Plutón, Ceres y Eris, forma el grupo de planetas enanos de nuestro sistema solar. Esta vez no hubo queja, al momento apareció una pantalla en la que había una relación de Nick’s, de las personas que en ese momento se encontraban en el mismo lugar de la red Echó un vistazo, la lista de nombres era de lo más curioso,  pero hubo uno que le llamó la atención, “Sibila”. La primera mujer que pronunció oráculos en Delfos se llamaba Sibila, su padre era Júpiter y su madre Lamia, una de las hijas de Neptuno. Sibila predijo el sitio de Troya y, desde entonces, hay costumbre de designar con el nombre de «sibilas», a todas las mujeres que, sin ser sacerdotisas, predecían futuro. Colocó el ratón sobre tan peculiar seudónimo  y pulsó el botón mágico. Y la magia se produjo.
Habían pasado más de seis meses, durante ese tiempo, Ana había llegado  a ser parte importante de sus días, vivió paso a paso la transformación que sufrió, la sintió levantarse poco a poco y recuperar la fuerza vital de la que carecía al principio. Ana era una heroína, una triunfadora, una mujer con una personalidad fuerte e increíble que le abrió los ojos al mundo. Ya no podía esperar más, la necesidad de tenerla cerca era cada vez mayor, y finalmente la oportunidad se presentó sola, tenía que dar una conferencia en la universidad de la ciudad en la que ella vivía. Ana no podría negarse.
Bajó del tren rápidamente, la gente que caminaba a su alrededor le molestaba, no podía verla, no la veía,… no estaba. Ana no había ido a su encuentro. Miraba de un lado a otro intentando descubrir su rostro entre la gente, pero no lo conseguía. Su ánimo decaía conforme se iba dando cuenta de que Ana no se encontraba allí. No entendía, no podía estar pasando, no era eso lo que tenía previsto, necesitaba verla, hablarle mirándola a los ojos, rozarle las manos… Había tenido paciencia, no quiso darle prisa, quería que ella se sintiera capaz, y pensó que ya había llegado el momento. Al parecer,  se equivocó.
            Estaba a punto de dar la vuelta cuando, a lo lejos, vio algo que le llamó la atención, una mujer con muletas se alejaba, se encontraba ya próxima a la salida. Alejandro supo que era ella,  ¡Ana!  ¡Ana!, gritaba mientras corría a su encuentro.
Alguien la llamaba, instintivamente,  se dio la vuelta para ver de quién se trataba, no le dio tiempo a reaccionar, él ya se encontraba junto a ella.  Alejandro…
Alejandro la miró a los ojos y le sonrió. Sus muletas cayeron al suelo. El tiempo se paró durante unos segundos y, Ana, supo que todo estaba bien. El miedo que la embargaba desapareció, y ambos se unieron en un entrañable abrazo para después fundirse en un profundo beso.

2 comentarios:

  1. Es preciosa esta historia, muy emotiva. Me ha emocionado.
    Muchas gracias por escribirla y compartirla.
    Besos cielo.

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  2. Francamente es un relato asombroso, lleno de sentimientos, de esperanza, miedos y fantasmas............ pero al final el amor es el poder mas hermoso y grande que existe !!!!!!!!!!! una historia que me ha llenado por completo,,,,,, gracias , gracias por regalarnos parte de tu espíritu y tu magia , he paso un tiempo increíble "viviendo " esta historia besos

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