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jueves, 27 de junio de 2013

EL DESTINO



Anochece, la apretada niebla cubre los muelles y las barcas se mecen en un continuo va y ven producido por el frío viento, que anuncia la inminente llegada del gélido invierno. El puerto oscurece desierto y silencioso, los pocos marinos que deambulan por el lugar, se enfundan las manos en la pelliza, y se calan las gorras hasta los ojos, para protegerse de la humedad que les penetra en los huesos.
Camino despacio, me siento cansada, la jornada de trabajo ha sido dura, he pasado muchas horas a la intemperie  y necesito descansar, sin embargo, tengo una última e ineludible cita. Esta vez no le puedo fallar.
A paso lento, me dirijo a la vieja taberna del puerto, allí donde los hombres de mar se reúnen, después de las largas travesías, para olvidar los duros momentos vividos en el mar, donde se reencuentran viejos amigos, y antiguos enemigos,  el lugar en el que las penas son menos penas, y en el que algunos se sienten como en su hogar y otros añoran el que han dejado lejos.
Al entrar, mis pulmones reciben una pestilente bocanada de humo y alcohol mezclada con el olor a humanidad. El local está abarrotado, los marinos inundan el ambiente con sus gritos y sus risas, algunos entonan nostálgicos cantos al son del acordeón, otros, dormitan en las mesas con las copas de vino medio llenas, y la botella vacía. Hay quienes buscan compañía en mujeres que, recostadas en la barra, escrutan con la mirada intentando encontrar al hombre que esta noche comprará sus servicios y le dejará lo suficiente para comer mañana. Todos beben, beben hasta embriagarse.
Me dirijo al fondo del local, busco una mesa apartada del bullicio desde la que poder observar sin ser vista, quiero pasar desapercibida. Mis ropas se asemejan a las de ellos, con  el cuello  del tabardo subido y la gorra bien enfundada, tan sólo los ojos me quedan al descubierto. Nadie repara en mi presencia, cada uno va a lo suyo, a beber y a olvidar las penas, a reír y a llorar.
Sentada en el apartado rincón, observo el espectáculo que se me  presenta, hombres de la mar, perpetuos buscadores que nunca encuentran,  hombres de eternas despedidas, que pierden la vista en el infinito horizonte mientras su mente viaja en sus recuerdos, para no olvidar lo que, en algún lejano lugar, han dejado atrás. Agudizo mis sentidos, advierto los movimientos que se producen a mí alrededor, estudio uno por uno a todos los presentes, lo busco, y al momento distingo su presencia, percibo su olor.
Allí está, en la barra, lleva mucho tiempo bebiendo, su mente ya no está clara. Es más joven de lo que pensaba, aunque su aspecto es el de una persona con muchos más años de los que realmente tiene. El rostro, reseco, se ve surcado por marcas precoces de la edad, seguramente serán los estragos del sol y de la sal del mar sobre la piel.
El hombre, demasiado ebrio, cuenta una y otra vez, a los que están a su alrededor,  el grave accidente sufrido por el barco en el que faenaba. La tormenta se cernía sobre ellos y tuvieron que arriar las velas, las olas se alzaban como enormes montañas negras, que amenazaban estrellarse contra los mástiles. El barco se balanceaba en medio de un mar embravecido, que dejaba caer toda su furia  contra la embarcación. Sus compañeros, uno a uno,  iban cayendo a un océano ennegrecido como las fauces de un lobo, que se los tragaba sin compasión llevándolos a la muerte. Narra cómo pudo amarrarse  a un cabo, soportando, lleno de pánico, los embistes de las mortales olas, salvando milagrosamente la vida. Sólo unos pocos lograron sobrevivir, y todos ellos sentían que habían vuelto a nacer.
Los compañeros de tertulia lo van abandonando, cansados de escuchar la misma historia tantas veces. Pide una nueva copa, el tabernero se la niega, ha bebido mucho y no ha pagado ninguna cuenta, no se fía de él, no sería la primera vez que, después de emborracharse hasta perder el sentido, no tuviera con qué pagar. El cantinero le reclama, con apremio, el abono de la consumición. El hombre se enoja y, con gesto jactancioso, saca del bolsillo un fajo de billetes, se lo enseña a todos, que nadie piense que no lleva dinero. Paga a regañadientes y visiblemente enfurecido, y ebrio, sale de la taberna dando tumbos. Fuera hace frio, la noche oscura ha cubierto el cielo con su manto, y la espesa niebla hace difícil distinguir lo que se encuentra dos pasos más allá.
Dos viejos lobos de mar han estado observando, al igual que yo, y saben que es presa fácil, susurran entre ellos mientras planean el golpe, después  salen de la taberna en pos del marinero. Un momento después, también yo abandono el lugar, se acerca la hora y debo estar cerca. Los hombres caminan rápidos y seguros, al contrario que el joven, que se tambalea y retrocede y vuelve a tambalearse, a causa de los efectos del alcohol. Yo guardo cierta distancia, no quiero ser descubierta, aún no. A los pocos minutos, los hombres encuentran la oportunidad, la escollera se encuentra desierta, el silencio se podría cortar con la navaja, al igual que la espesa niebla que cubre la noche. Los malhechores, amparados por la oscuridad, sitian al joven marino que, de repente, se ve acorralado. Intenta esquivarlos, huir, pero ya es demasiado tarde. Los ladrones desenfundan sus afiladas dagas que clavan con rapidez una y otra vez en su cuerpo. El muchacho cae al suelo, los asaltantes rebuscan en sus ropas hasta encontrar el tesoro deseado, el morral cargado de billetes que, minutos antes, el chico exhibió orgulloso en la taberna, el pago correspondiente a la mortal travesía de la que la providencia lo salvó. Los salteadores  corren raudos desapareciendo en la bruma buscando un rincón seguro donde repartir el botín.
Me aproximo despacio al joven que yace inerte sobre la fría tierra, tres profundas heridas de muerte atraviesan su cuerpo. Apoyo su cabeza sobre mi regazo y lo contemplo con dulzura, intento reconfortarlo en tan difícil trance. Me mira, creo que me reconoce, un atisbo de sobriedad se refleja en sus ojos, su cuerpo se tensa, tiene miedo, con agónica mirada me suplica que le deje, que es pronto, que se deja muchas cosas por hacer, que es joven, que tiene sueños e ilusiones… Con una doliente mirada me ruega, me implora, me suplica que no me lo lleve aún.
Pero esta vez la providencia no está cerca, esta vez no puede eludir su destino.


3 comentarios:

  1. Sencillamente me ha gustado. Cuando disfruto leyendo, y este ha sido el caso, poco puedo decir. Con qué facilidad las palabras escritas me han sacado de este mundo para presenciar tan cercanamente un suceso imaginado.

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  2. Conmovedora historia, de dejado lo que estaba haciendo para inmiscuirme en tu relato, y a su vez en ese lugar marinero que me has hecho ver con tanta claridad. Qué forma tan poética y hermosa de describir la muerte. Echaba de menos tu impecable prosa.
    Nos vemos el sábado! Un besote

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  3. UNA HISTORIA FASCINANTE,,,,,,,, no se porque intuí desde el principio quien era quien narraba la historia, si una cita de nuevo,,,,,, con la muerte !!!! demasiado real eh? , he vibrado olido y sentido ese ambiente en la taberna,,,,, pero también he sentido ese dolor, esa rabia e impotencia de quien quiere salvar la vida a sus compañeros , y ha de salvaguardar la suya propia,,,,,,,,,,,, no s es i sabes que soy hija, hermana, sobrina y nieta de marineros ,pescadores , mi padre vivió algo parecido , navegando con mi hermano y al llegar a tierra llorando juraron no volver a embarcarse juntos , por si sucedia algo parecido , fue horrible como intentas salvar tu vida y ayudar a quien tienes al lado, sobre todo si es tu hijo, .EN FIN , que gracias de nuevo por dejarme buen sabor de boca y regalarme unos recuerdos que latian escondidos, besos

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