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miércoles, 29 de mayo de 2013

EL PRIMER LUNES DE CADA MES


Como cada mañana del primer lunes de cada mes, me dirijo en tren a la ciudad.  Llevo un libro entre las manos, sin embargo,  no logro concentrarme en su lectura. Hoy, mi mente vuela en el tiempo hacia el pasado, y me trae de nuevo al presente el recuerdo de aquellos momentos vividos en este mismo lugar, en este mismo tren. Paseo la mirada por cada uno de  los ocupantes del vagón, la busco a ella, a doña Camila, y la encuentro sentada tres filas delante de mí, ella también me ha visto, sus ojos se cruzan con los míos, y compartimos una leve sonrisa, una sonrisa… y mucho más. Cierro los ojos, y dejo que los recuerdos invadan mi memoria, los dejo fluir, los dejo volver.
Como cada mañana del primer lunes de cada mes,  subí al tren para dirigirme a la ciudad.  Mi trabajo como asesora de empresas, me obliga a hacer gestiones en las administraciones públicas, y para ello, no tengo más remedio que desplazarme con asiduidad. En los comienzos, cuando aún no tenía experiencia suficiente, y me afanaba en tener todo el trabajo puesto al día, perdía muchas horas yendo y viniendo de la capital, pero con el tiempo me di cuenta que la planificación también forma parte de la organización, y decidí utilizar las listas y los horarios como ayuda para establecer prioridades, y terminé acumulando las gestiones pendientes de los ministerios, para solucionarlas todas un día al mes, el primer lunes. Consulté el  billete y busqué mi asiento, que no era de ventanilla. Me gustaba sentarme junto al cristal, mirar el paisaje y perderme en él. Tuve suerte, el asiento contiguo se encontraba vacío, me acomodé  y saqué el libro de mi maletín, lo abrí por la página que había quedado a medias, y me dispuse a proseguir con la lectura, en el mismo punto en el que la había dejado la noche anterior. Siempre llevaba algo para leer, si la trama me resultaba amena, el trayecto se me hacía corto, por el contrario, si el tema no llamaba mi atención, el tiempo parecía pasar más lento, y el viaje se eternizaba. Esta vez, sin darme apenas cuenta, me adentré en la bonita historia escrita en aquellas páginas,  ni siquiera me percaté del momento en el que el tren se detuvo en la siguiente estación.
- Perdone, - escuché de repente-  está usted ocupando mi lugar, se ha debido de equivocar.
La mujer que me hablaba rondaría los sesenta años, alta, delgada, impecablemente vestida, y con cara de pocos amigos.
- Disculpe - le contesté mientras me cambiaba de sitio, dejando su butaca libre.
-  Acepto sus disculpas, pero debería de haber leído bien su billete antes de ocupar un asiento que no es el suyo – contestó-.
 No quise responder a tan desagradable  replica, abrí de nuevo el libro y continué con la lectura, ignorando a mi antipática vecina de viaje, que tampoco me dirigió la palabra en el resto del trayecto. No era la primera vez que la veía, coincidíamos muchos lunes en el mismo vagón, y en una ocasión  en la que me acompañó en el viaje mi amiga Isabel, al verla subir al tren, la reconoció, y me contó que se trataba de la dueña de la gran casa que se podía ver en lo alto de la colina, situada junto al pequeño pueblo en el que el tren tenía la siguiente parada. La mansión, al parecer, perteneció a la familia de su marido, que después de amasar una gran fortuna en las Américas, volvió a principios del siglo  XIX, convirtiéndose en una de las dinastías más ricas del lugar. Al morir su esposo, único descendiente de la saga,  la finca pasó a ser de su propiedad, al igual que el resto de la fortuna de su esposo. No tuvieron hijos, y desde que quedó viuda, hacía ya más de cinco años, ocupó el tiempo en el diseño de delicadas joyas que muy pocos bolsillos se podían permitir. Las bellas filigranas de la rica viuda, se habían puesto de moda entre la media alta sociedad madrileña, y su gran fortuna heredada, creció considerablemente. Pero, a veces, la vida no nos lo da todo, a ella le correspondió tener mucha riqueza y también mucha soledad, la mujer tenía fama de rígida y severa, intolerante y bastante intransigente. Con todos estos ingredientes, añadidos a su carácter irascible e insociable, ya se puede uno imaginar que no tendría a muchas personas cerca de ella. Vivía a solas con su fortuna.
            Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación, subieron algunos pasajeros más, y  los asientos situados frente a nosotras fueron ocupados por una joven madre  y su hija. La niña tendría unos cuatro años y se la veía feliz, y revoltosa.
- Ven Laura, mira, siéntate aquí, junto a la ventanilla, ya verás lo deprisa que va a ir el tren – dijo la madre a la chiquilla-.
Y la niña se colocó frente a la estirada viuda. No pude leer, no pude pensar, la pequeña Laura consiguió, con su constante revolotear, acaparar toda mi atención. Durante el tiempo que duró el viaje me mantuve pendiente de ella y de su madre, de sus ocurrencias, de sus risas, del cariño y la paciencia con la que la muchacha trataba a la juguetona y traviesa cría.  Pensé que si alguna vez tuviera una hija, me gustaría que fuese como la bulliciosa y graciosa chiquilla que tenía frente a mí. La opinión de mi vecina no debía coincidir con la mía, ya que cada vez que la niña la miraba sonriente, o le hablaba, o le rozaba, le cambiaba el gesto y mostraba una mueca huraña. La madre de la nena la llamaba entonces al orden y el silencio volvía, al menos, durante unos segundos. Relató cuentos imposibles, cantó canciones con letras inventadas, dibujó paisajes imaginarios, y finalmente se durmió. Al llegar a la estación de atocha, la madre cogió a la pequeña Laura entre sus brazos, y cuando se disponía a abandonar el asiento, la fastidiosa viuda le habló.
- Tiene usted muy mal educada a esa niña, menudo viaje nos ha dado la mocosa.
- A mí no me ha molestado la chiquilla, -  comenté indignada-  tan sólo es una niña…
-  A los niños hay que educarlos desde el principio, señora - me respondió-  que después pasa lo que pasa.
Ni la madre ni yo contestamos, nos marchamos dejando a la vieja bruja refunfuñando palabras que no llegamos a entender. Aquél fue el primer lunes que vi a la pequeña Laura, pero no sería el último.
En mi siguiente viaje volvimos a coincidir, la viuda, Laurita con su mamá y yo, en el mismo vagón, aunque en asientos alejados unos de otros. Al ver a la pequeña en los brazos de su madre, me extrañó, tuve la sensación de que la niña estaba triste, no tenía muy buen aspecto, nada que ver con la revoltosa chiquilla que el mes anterior correteaba, inquieta, por el pasillo del tren, sin que su madre pudiera hacer nada para mantenerla quieta durante unos minutos.
 Y durante los siguientes tres primeros lunes de cada mes, nos volvimos a encontrar, y en cada encuentro pude ver como la chispa de la vida iba abandonando a la pequeña Laura, ya no reía, ya no jugaba, ya no contaba historias imaginarias ni cantaba letras imposibles, ni pintaba un mundo fantástico, y aquel lunes, ya ni siquiera caminaba. Laurita iba en un carrito, como los niños pequeños que aún no saben andar, o que acaban de empezar con sus primeros pasos y se cansan rápidamente, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados, la vida abandonaba a ese pequeño e inocente ángel.
Aquel lunes, la casualidad, el destino, la providencia, la suerte, o quizá Dios, hizo que volviéramos a coincidir de nuevo las cuatro en el mismo tren, en el mismo vagón, en los mismos  cuatro asientos de numeración contigua, como aquel lunes de hacía ya cinco meses.
 Al subir al tren vi que aunque no me había tocado el asiento de la ventanilla, éste se encontraba vacío, me acomodé en él y saqué mi libro, dispuesta a perderme entre sus páginas.
- Perdone, este es mi sitio - me dijo una voz que me sonaba conocida-
Al levantar la vista me topé con la viuda, de nuevo aquella insoportable mujer. Me aparté rápidamente esperando su reprimenda, pero esta vez no se produjo.  La mujer ocupó su asiento, y sacando una revista de moda de su bolsa, se dispuso a leer. Cual no fue mi sorpresa, y supongo que también la de la viuda, cuando tras la parada de la siguiente estación, frente a nosotros, se acomodaba la joven madre con el carrito, en el que dormía lo que quedaba de la pobre pequeña Laura.
- Qué casualidad, dijo la madre de la niña, encontrarnos de nuevo aquí.
- Es cierto,- contesté - estas cosas no pasan muy a menudo, con la de gente que coge este tren ¡y la de asientos que hay! 
            - ¿Qué le pasa a la niña? – dijo la viuda –
            Me quedé un poco asombrada, vaya, pensé, la vieja huraña se interesa por la salud de la nena, va a resultar que hasta tiene un corazón ahí dentro latiéndole.
            - Que se va a morir – dijo la joven madre-
            Fueron cuatro simples palabras que forman una corta frase que, quizá, yo fuera capaz de repetir cientos de veces, dándole un tono diferente cada una de ellas, sin embargo, nunca podría pronunciarlas con tanta pena, con tanto dolor, con tanto sentimiento, como hizo aquella muchacha, que no tendría más de veinticinco años, cuando, con ellas, se refirió a su pequeña hija.
            El corazón se me oprimió en el pecho, y se me hizo un nudo en la garganta. Lo presentía, lo intuía, había observado los cambios que se habían producido en la pequeña durante estos meses, sin embargo, pensé que tendría alguna larga enfermedad, que saldría adelante, y esas palabras que su madre acababa de pronunciar, y que estaban llenas de sufrimiento, también estaban llenas de convencimiento.
-       ¿Cómo que se va a morir? -  contestó la viuda-
Y la madre, con lágrimas en los ojos,  nos relató el lento proceso de la extraña enfermedad que sufría la niña, y que habían diagnosticado tan solo hacía unos meses. Nos habló de todos los intentos que los médicos habían hecho por sacarla adelante, de los duros tratamientos, de los fracasos, de la frustración, de la desesperación, del carísimo tratamiento que se aplicaba en una clínica de Estados Unidos, única esperanza de salvación, y también misión imposible  para una pareja joven de escasos recursos económicos. Ni siquiera con todo el dinero, que la familia estaba dispuesta a aportar, llegaban a cubrir un solo día de tratamiento.
Al terminar el triste relato que la joven nos ofreció, me encontraba realmente emocionada, afligida y apenada, pero también indignada y enojada, no era justo que muriera una niña por falta de dinero. No podía contener las lágrimas, me sentía verdaderamente acongojada. Por el contrario, la viuda, ni siquiera había cambiado la expresión de su rostro, me equivoqué creyendo que tenía corazón, pensé que lo que guardaba bajo su pecho debía de ser una fría piedra. En mi interior me enfadé también con ella.
- ¿Cuánto cuesta ese tratamiento? – le pregunté a la muchacha después de secarme las lagrimas-
            - Mucho dinero, demasiado, ni siquiera puedo pensar en pedirlo al banco,  no me lo darían.
            Los escasos minutos que restaban hasta llegar a nuestro destino, transcurrieron en silencio, la niña dormía y ninguna de las tres pronunciamos una sola palabra. La madre miraba a su pequeña con amor y dulzura, yo intentaba que las lágrimas se mantuviesen dentro de mis ojos, y la viuda, que había guardado de nuevo la revista en  su bolso,  parecía que se encontraba muy lejos de allí, ensimismada, pensativa…
            Ya habíamos llegado, el tren se detuvo en la estación, y en el momento en que  nos disponíamos a coger nuestras cosas para salir, la viuda dijo dirigiéndose la joven madre.
- ¿Va usted ahora al hospital?
- Si señora  - respondió la muchacha –
- Muy bien. Iré con usted. Quiero saber de ese tratamiento del que ha hablado antes.
            - ¿Por qué? ¿Para qué? – preguntó la joven –
            - Porque si realmente hay esperanza, no creo que cueste tanto como para no poder hacerme  cargo de él.
            Nos quedamos atónitas, la joven no daba crédito, no estaba segura de haber oído bien, no podía creer lo que acababa de escuchar, ni yo tampoco. Aquella vieja bruja, con corazón de roca, se transformaba, de pronto, ante nuestros ojos, en un hada madrina, en un ángel caído del cielo, en la luz que brilla al final del túnel. Aquella estirada y antipática mujer, cuya agria expresión había estado viendo durante tantos meses, de repente había decidido destapar su lado oculto, su bello lado oculto, y mostrar lo que de verdad escondía dentro de ella, que era, en realidad, un inmenso corazón.
            Durante los siguientes seis primeros lunes de cada mes, buscaba en el tren a doña Camila, que así se llamaba la buena mujer, y ella, escuetamente, me informaba de los progresos de la pequeña Laura.
               Aquel lunes, cuando el tren paró en el pequeño pueblo, y vi subir a la viuda, me acerqué a su asiento en busca de nueva información.
- Buenos días doña Camila, ¿Como está la pequeña?
- Buenos días. La última noticia que tengo es que sigue recuperándose, hay que darle tiempo – contestó secamente-
 Mi intención era seguir con el interrogatorio, sabía que la mujer ofrecía las palabras con cuentagotas, y había que preguntar reiteradamente para obtener una breve respuesta, pero acomodándose en su asiento, cerró los ojos, y entendí que había dado por terminada la conversación, ella era así. Volví a mi asiento e intenté concentrarme en la novela que había traído y que me estaba resultando bastante amena, a los pocos minutos ya estaba, de nuevo inmersa en la interesante narración.
- Hola – escuché de pronto-
Y al apartar la mirada del libro, me topé con la pequeña Laurita. Allí estaba, frente a mí, risueña y sonrosada, con una gran piruleta en una mano y un cuento en la otra.
- Laura, dale un beso a esta señora, que yo sé que te ha echado mucho de menos – le dijo la madre –
Y la nena me ofreció un gran beso, que me dejó la cara pegajosa de caramelo. La tomé en mis brazos, la senté en mis rodillas  y la besé, y la abracé, y mis emotivas lágrimas mojaron su bonito vestido.
- ¿Por qué lloras? – me dijo con su vocecita de ángel.
- Porque estoy contenta, muy contenta.
- Estás un poco tonta – me dijo toda seria – si estás contenta tienes que reírte ¡no llorar!
Sin querer mi mirada se desplazó hasta el lugar del tren que ocupaba doña Camila, no dormía, me miraba, y en su rostro se dibujaba una leve sonrisa.
No he vuelto a ver a la niña, pero sé que está de nuevo llena de vida, sé que ha vuelto a pintar paisajes imposibles, a inventar historias fantásticas, y a entonar canciones con letras inventadas. Sé también que aquella fría mujer, cuyo rostro me acaba de ofrecer esa pequeña sonrisa, guarda, dentro de ella, un gran corazón que se ha abierto, ofreciéndole a la pequeña Laura el mejor regalo, la esperanza de la vida.
Hoy, recordando aquellos días,  me doy cuenta de que en este tren, alrededor de los cientos de personas que diariamente viajan en él, ha sucedido algo maravilloso, un verdadero milagro, y nadie se ha percatado de ello. Hoy sé que he sido la privilegiada espectadora de una asombrosa, conmovedora y humana historia, que ha llegado a su feliz final.
Vuelvo de nuevo al presente, miro a doña Camila, sigue ahí, con su cara de pocos amigos,  frente a ella hay sentada una niña, seguramente, en algún momento del trayecto, la llamará maleducada.

3 comentarios:

  1. una historia preciosa

    besitos

    Mari

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  2. Hola!!
    Impresionante. Las he leido todas y me han encantado. Pero... cómo te da tiempo a hacer tantas cosas? Ya tengo ganas de leer la siguiente!!
    Besos, Helena.

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  3. Vamos que lagrimones ... preciosa y conmovedora historia.
    Besos.
    Montse81.

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