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jueves, 11 de abril de 2013

LA ABADESA

Pidió asilo en sagrado…, Juan pidió asilo en sagrado. Consiguió huir de los soldados que, en su afán por retenerlo, le produjeron heridas en varias partes de su ya maltrecho cuerpo. Tras una desesperada carrera de la que dependía su vida, logró llegar hasta la catedral donde pidió refugio, era la única forma de salvarse. A pesar de ser inocente del delito del que lo acusaban fue sentenciado a muerte, un cruel e injusto veredicto resultado de un rápido y engañoso juicio efectuado para acallar las protestas de las gentes que clamaban justicia y exigían un culpable. A pesar de los cuidados que le ofrecieron los monjes, Juan murió a los pocos días, las heridas que le habían causado fueron demasiado graves, no consiguieron salvarle y murió agonizando y confesando su inocencia.

Hacía dos semanas que habíamos llegado a la ciudad de Toledo, todas nuestras esperanzas estaban puestas en esta bella ciudad, pensamos que en ella tendríamos, por fin, la oportunidad de ser dichosos. Buscaríamos un hogar en el que criar a nuestro pequeño, un trabajo… un hogar… no necesitábamos más. Mientras tanto, nos alojamos en una posada, sería cuestión de días, no disponíamos de caudal para más tiempo, pero pensábamos que era suficiente, esperábamos no tardar en salir de la precaria situación en la que nos encontrábamos. Toledo era la ciudad de las oportunidades, la cuna de la cultura. Después… todo se complicó y quedé sola, sin hogar, sin fortuna, aún faltaban unos meses para que el hijo que crecía en mí viera la luz, pero tenía que buscar un lugar seguro donde traerlo al mundo.
No había mejor solución, me dirigí al Monasterio de San Clemente, en él habitaban las buenas Hermanas Benedictinas, de pequeña mi madre me habló de ellas, me contó que hubo una época en que la ciudad permanecía sitiada y sus gentes pasaban hambre, las Hermanas del Monasterio abrieron sus despensas y con la materia prima de la que disponían se afanaron en ayudar a los Toledanos a salir adelante en tan difícil situación. Con Almendras crudas y azúcar, en un almirez y a fuerza de maza, hacían una especie de masa que cocida al horno ponían a disposición de los hambrientos ciudadanos, le llamaban “pan de maza” y desde entonces, gracias a la buena acogida que tuvo en la ciudad, las hermanas siguen elaborándolo.
Cuando salí de la posada la noche aún era cerrada, me fui en silencio, arropada por la oscuridad, no podía dejarme ver, me marchaba sin dar al posadero las monedas que le debía, no tenía con qué pagar. Subí a la parte alta de la ciudad donde estaba situado el Monasterio, cuando me encontré frente a sus muros de piedra ya había amanecido. Llamé…, si la puerta no llegaba a abrirse tendría frente a mí un futuro verdaderamente incierto. Recé a Dios y a la Virgen María para que las Hermanas Benedictinas, al menos, me dieran oportunidad de explicarles mi situación. Los minutos pasaban y no obtenía respuesta, sentía latir mi corazón con tanta fuerza que pensé que se me saldría del pecho. Temblaba, pero no solo por el frio que helaba mis huesos sino por el temor que invadía mi cuerpo. Escuché un chirrido, una pequeña ventana se abrió frente a mí, a través de ella asomaban los ojos de una monja, le pedí auxilio en nombre de Dios y al momento el cerrojo que mantenía cerrado el gran portón de madera cedió, apareciendo tras él una anciana religiosa que con un suave gesto me invitó a acompañarla. Caminamos por pasillos y claustros solitarios, fríos y silenciosos, finalmente llegamos a nuestro destino, nos paramos frente a una puerta, la anciana golpeó con sus nudillos y sin esperar respuesta se dispuso a entrar, no sin antes señalarme que aguardara fuera. La espera no se hizo larga, la puerta se volvió a abrir y la hermana, mediante una señal, me indicó que el paso estaba libre.
Me encontraba en una pequeña y acogedora estancia, tras una bella mesa de roble se hallaba sentada la madre Abadesa. Se trataba de una mujer madura, de baja estatura y escaso peso. Me invitó a tomar asiento frente a ella. Por su seria expresión deduje que se sentía molesta, las monjas no estaban acostumbradas a que nadie irrumpiera en la serena vida del convento. Sus días pasaban llenos de paz y sosiego, su existencia era sencilla, tranquila y austera, consagraban sus días a Dios y dedicaban su tiempo a la oración y al trabajo, "Ora et labora". Tras examinarme minuciosamente con la mirada, me instó a que le expusiera el motivo de mi temprana e intempestiva visita. Hablad hija mía, no tengáis apremio, explayaos en vuestro relato, que ha de ser elocuente, si lo que deseáis es que os ofrezcamos asilo en este nuestro humilde hogar. Y así lo hice, las palabras se formaban en mi mente y salían por mi boca en forma de historia, la historia de mi vida.
Nací en la ciudad de Salamanca, hace ahora veinte años. Mi padre pertenecía a la alta nobleza salmantina, estando en posesión de un importante condado. Siendo muy joven, matrimonió con una hermosa dama de la corte, con la que tuvo dos hijos varones. Tras años de feliz matrimonio, su esposa cayó presa de una grave enfermedad que la llevó a la muerte, dejando a mi padre sumido en una gran pena, que consiguió mitigar volviendo a tomar esposa. Esta vez, la elegida, fue una joven también perteneciente a la nobleza, la unión de ambos traería beneficios a las dos familias, ampliando tierras, fortuna y poder. No hubo elección para ella, sus padres pactaron el casorio haciendo caso omiso a sus lamentos. Mi madre contaba con 14 años de edad cuando se celebró la boda, mi padre tenía 40, y los dos hijos de su primer matrimonio eran mayores que su jovencísima esposa, que mostraba el aspecto de lo que realmente era, una niña.
Tras la celebración del matrimonio, la joven se trasladó al condado de su esposo, se sentía tremendamente infeliz, sus sueños de amor se vieron eclipsados, su príncipe azul había desaparecido y en su lugar se encontraba aquel que ahora era el dueño de sus días, ante ella se presentaba una triste existencia, un desdichado futuro. Sin embargo, el tiempo hizo que su vida no fuera tan desventurada como pensaba. El Conde esperó, a pesar de haber accedido a este prematuro matrimonio, sabía que había desposado a una muchacha que ni siquiera tenía el aspecto de mujer, era consciente que su cónyuge no había madurado aún, y no tuvo prisa, supo esperar y tuvo su recompensa. Su comprensión, sensibilidad y tolerancia, hicieron que en la joven fuera naciendo un profundo sentimiento que, muy despacio, la fue acercando a él. Pasado un tiempo, su corazón palpitaba con la presencia de su esposo, y finalmente, fue ella la que le demostró su amor, descubriendo en el Conde a aquel príncipe con el que siempre había soñado. Después de varios años de matrimonio sin descendencia, la joven quedó encinta dando a luz a una niña. El nacimiento fue celebrado con júbilo, tanto por el conde como por sus dos hijos varones.
Desde temprana edad demostré tener una inteligencia y un talento excepcional, y mi padre se volcó en mi educación que cuidó con esmero. Mi infancia fue privilegiada, tuve los mejores maestros, que me instruyeron en el conocimiento de los clásicos y en el amor por la literatura y las ciencias, así aprendí teología, filosofía, griego, hebreo y latín. Cuando contaba con la edad de 17 años, mi padre, con el fin de cultivar mi educación filosófica, puso a mi disposición un nuevo preceptor, Juan, un joven filósofo Burgalés recién llegado a nuestra ciudad, cuya fama en el debate filosófico había traspasado fronteras.
Juan era un hombre alto y apuesto, de refinados modales, ideas innovadoras, anhelante de conocimientos y rebosante de ambición intelectual, que me sedujo con su hábil retórica, haciendo que naciera en mí un incontrolable amor. Mi inicial admiración intelectual hacia el maestro, se convirtió en una arrebatadora pasión por el varón que me enamoraba.
En sus enseñanzas, Juan defendía la idea de que las mujeres podían ser inteligentes, virtuosas y valientes, y no necesariamente simples, débiles y libidinosas como se nos presentaba. Señalaba que, durante siglos, habíamos vivido confinadas en el silencio y la sumisión al poder masculino, impidiéndonos desarrollar nuestra inteligencia y nuestro talento. Al escucharlo, me daba cuenta que era a él y solo a él a quien amaba, jamás podría sentir por otro hombre lo que sentía por Juan. El también me amaba, entre los dos había nacido un profundo sentimiento, que ya no éramos capaces de controlar.
Sin embargo, mi matrimonio ya estaba pactado, pasado un tiempo me desposarían con un noble adinerado, se trataba de un matrimonio conveniente, con él se establecía una nueva alianza, el amor quedaba relegado al segundo plano. Mis protestas caían en saco vacío, tanto mi padre como mi madre me hablaban de su experiencia, del amor que les llegó con el tiempo, pero… yo ya conocía ese sentimiento, nació en mí el día que conocí a Juan, y había crecido hasta hacerse insoportable la idea de compartir mi vida con alguien que no fuera él. Amaba a Juan y no estaba dispuesta a complacer a mis padres desposándome con su elegido.
Una mañana, mi padre no despertó. Murió sin sufrimiento en su lecho, junto a su amada esposa, que quedó tremendamente afligida, sumiéndose en una gran tristeza, que finalmente hizo huella en su salud. No hablaba, no salía, pasaba los días en un encierro voluntario del que no quería escapar. La compañía la alteraba, deseaba estar sola, vivir sola, morir sola. La trasladaron al convento de las Hermanas Clarisas, allí quedó confinada para el resto de sus días, había perdido el amor, y también la razón.
Mis hermanos tampoco se avinieron a razones, mi matrimonio estaba próximo a celebrarse y no había marcha atrás. Nuestra decisión fue tomada en un momento de desesperación, no podíamos permitir que nos separaran. Amparados por la oscuridad de la noche, nos alejamos en silencio.
Llegamos a la ciudad de Burgos, tierra natal de Juan. Su familia nos acogió gustosa, se sentían felices de volver a tener entre ellos a su hijo. No tardó en encontrar trabajo en la escuela catedralicia donde, además de enseñar filosofía, también instruía en temas de teología. Pasado un tiempo, contrajimos matrimonio y nos trasladamos a nuestro propio hogar, en el que fuimos dichosos durante unos años.
Mis hermanos clamaban venganza, nos buscaron por pueblos y aldeas con el fin de resarcirse de la afrenta que les habíamos ocasionado, sin embargo pasaba el tiempo y no sabían de nuestro paradero, el odio que profesaban por mi amado Juan se empezaba a disipar, al igual que el amor que en su día sintieron hacia mi persona. Empezaban a desistir de su empeño cuando un próspero comerciante de joyas llegó a la ciudad. Mi hermano mayor, que ostentaba el título de conde heredado de mi padre, quiso obsequiar con una joya a su bella y flamante esposa. Hizo llamar al rico comerciante, que puso ante él una muestra de las más bellas alhajas de las que tenía en venta. Cual no fue la sorpresa del conde al descubrir entre ellas un hermoso anillo, que había lucido en mi mano desde el día en que cumplí 16 años. Una rica pieza de esmeraldas que mi padre hizo engarzar en oro, para obsequiarme en un día tan especial, y que yo había vendido a nuestra llegada a Burgos, en un intento de mejorar la precaria situación económica con la que comenzamos nuestra vida en la nueva ciudad. Tras hostigar al comerciante, apremiándole a contestar una a una todas las preguntas que mi hermano le formuló, llegó a la conclusión de que me encontraba en la ciudad de Burgos, y allí enviaron a sus sicarios con el fin de localizarme. No habían pasado dos meses desde la visita del comerciante de joyas, cuando mis hermanos fueron informados de mi paradero.
Y su escarmiento no se hizo esperar. En plena noche entraron en nuestro hogar los esbirros enviados por mi familia. Mientras dos de ellos me sujetaban fuertemente, otros trataban de contener a mi esposo, que se defendía con la fuerza de un toro, sin embargo, no pudo resistir mucho tiempo, eran fuertes y fieros, lo golpearon hasta dejarlo inconsciente, entonces lo sujetaron y uno de los sicarios de mi hermano sacó un afilado cuchillo de su cinto, y sin piedad castró a mi amado Juan, mientras me obligaban a mirar tan violento y atroz acto. Me causó tanta impresión la brutal escena, que desfallecí. Al volver en sí, me encontraba maniatada y bien sujeta, intenté desprenderme de mis ataduras más fue imposible. Grité, lloré, supliqué, nadie escuchó mis llamadas de auxilio, me colocaron sobre una montura y emprendimos camino. Allí quedó mi esposo, abandonado a su suerte ,mientras yo era trasladada de nuevo a la propiedad familiar.
Mis hermanos me recibieron con una tremenda azotaina que me dejó maltrecha durante unos días. Me aseguraron que no tendría escapatoria, debía de cumplir con mi deber de mujer, anularían aquel matrimonio sin sentido y me buscarían un nuevo esposo al que obedecería, convirtiéndome en una sumisa consorte ,digna de la posición social que ostentaba. Sin embargo, nada de todo aquello llegó a darse, estaba preñada, no les servía, no solo me había fugado con mi amante sino que además estaba encinta, era una vergüenza para la familia, había llevado la deshonra a tan ilustre apellido.
Me dejaron, con un pequeño hatillo, tras las puertas de nuestra propiedad. Unas pocas monedas y una muda de ropa fue lo único que me permitieron llevar conmigo, pero no me importaba, poseía lo que más deseaba, la libertad, y con ella a cuestas fui en busca de mi esposo.
Cuando conseguí llegar a la ciudad de Burgos, Juan se recuperaba de las heridas. Durante un tiempo estuvo entre la vida y la muerte, pero finalmente el destino lo envió de nuevo a este mundo, y comenzó su mejoría. Al verme, sonrió, y supe que jamás me separaría de él mientras viviera. No habíamos pecado, tan solo nos amábamos con ardor desesperado. Juan no merecía tan atroz castigo, tan cruel mutilación.
Las heridas corporales de mi esposo fueron sanado, más en su mente seguía soportando un gran dolor, nada podría reparar lo perdido, nunca podría recuperar su entusiasmo por la vida. Decidimos empezar de nuevo, lo amaba, solo ansiaba pasar el resto de mis días junto a él. Nuestro nuevo destino era Toledo, donde esperábamos tener una existencia tranquila y sosegada, ahora que finalmente habíamos conseguido vivir en libertad.
Nos instalamos en una posada, sería cuestión de días. Juan se dirigió al mercado, necesitábamos adquirir alimentos, y fue tan mala su fortuna, que se encontró envuelto, sin motivo, en una reyerta en la que resultó muerto un artesano carpintero, muy conocido en la ciudad por su arte tallando la madera. Juan reaccionó erróneamente, su mente se trasladó al día en que los enviados de mis hermanos lo asaltaron de improviso causándole una herida que ya jamás curaría, se asustó, y salió huyendo sin motivo, las gentes lo señalaron como culpable, dejando ir sin más al verdadero artífice del crimen. Los soldados consiguieron apresarlo, mas él escapó de sus garras. En la huída fue herido de muerte, a malas penas consiguió llegar a la catedral donde pidió asilo a sagrado, más ya era tarde, Juan no sobrevivió.
La madre Abadesa se mantuvo atenta a mi relato durante todo el tiempo que éste duró. Cuando por fin terminé de exponer mi apurada situación, me ofreció una dulce sonrisa. Hija mía, no imaginas cuan parecida es tu historia a la que yo misma viví en mi juventud. Bienvenida seas a este tu nuevo hogar, en el que serás acogida entre nosotras como si de una hermana más se tratara.
Desde entonces mis días han transcurrido entre estos hermosos muros de piedra. Aquí parí a mi hijo, de cuya compañía disfruté durante unos años, dejándolo después en manos de la familia de mi difunto esposo, ellos se harían cargo de su buena educación y le proporcionarían un digno futuro. Dediqué mi tiempo a la oración y al estudio y, finalmente, sentí la necesidad de escribir mis reflexiones sobre los temas en los que me había cultivado, mi espíritu inquieto y creativo unido a la amplia cultura de la que era poseedora, me llevó a plasmar mis ideas sobre diversas cuestiones de ciencias, como la medicina, la física o la astrología. Había encontrado el sentido de mi vida, una existencia tranquila y sosegada, que me invitaba a la reflexión y me permitía dedicar las horas a la escritura de dichas reflexiones, sabiendo que dejaba un legado de futuro.
Hoy, al amanecer, alguien golpeó insistentemente nuestra puerta, nos pidió auxilio en el nombre de Dios. Y… sentada tras la hermosa mesa de roble, como Abadesa del Monasterio de San Clemente, me dispongo a escuchar la historia de la muchacha que tengo frente a mí. Me siento un tanto molesta, no estamos acostumbradas a que se interrumpa nuestra tranquila vida monástica, sin embargo, al mirarla a los ojos, me viene a la memoria aquel lejano día en el era yo la que se encontraba en ese mismo lugar. Hablad hija mía, no tengáis apremio, explayaos en vuestro relato, que ha de ser elocuente, si lo que deseáis es que os ofrezcamos asilo en este nuestro humilde hogar. Y la muchacha relató su historia…

1 comentario:

  1. Anda!! si también tienes un blog de relatos ¡como yo!! jajajaja
    Bueno pues, aquí también te sigo.
    Saludos!!!!

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