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lunes, 8 de abril de 2013

EL SECRETO DEL BURÓ



 Hace unos meses, mientras daba un paseo con mi marido, nos paramos a mirar el escaparate de la tienda de un anticuario, se trataba de un lugar de esos en los que puedes encontrar cualquier cosa de las que se usaban antes, una plancha de carbón, un molino de café manual, un calentador de camas, y por supuesto muchos muebles llenos de años que pueden parecer viejos o antiguos, según los ojos que los miren.  Nos llamó la atención un buró que, a pesar de ser muy añejo, se veía en buenas condiciones. Nos acercamos a él y lo inspeccionamos minuciosamente, tan solo tenía algunos rasguños en un lateral, una buena mano de cera lo dejaría como nuevo. Se trataba de un escritorio de caoba, una de las maderas que mejor resisten el paso del tiempo, adornado con orlas y relieves tallados a mano, su interior se encontraba repleto de cajones y casilleros; sus cuatro apoyos  tenían forma de pata de león, símbolo de fuerza y de poder. Era un mueble muy  hermoso. Pensamos que nos quedaría perfecto en un rincón del salón de la casa que hacía poco habíamos comprado en un pueblo de la montaña y que estábamos decorando con muebles adquiridos en mercados y en anticuarios. Después de regatear un poco, el precio nos pareció aceptable y quedamos en recogerlo unos días después.
La siguiente semana ya teníamos el mueble en casa, el primer paso para restaurar el escritorio era armarse de paciencia y limpiarlo concienzudamente, sin dejar de pasar el paño por ninguno de sus rincones o esquinas, y así lo hice, muy despacio iba frotando con la bayeta, intentando no dejar ningún hueco sin inspeccionar. Al pasar el paño por la parte inferior del tablero, noté  que había algo pegado en él, como un minúsculo botón. Me agaché y miré detenidamente, se trataba de un pequeño resorte que quedaba justo debajo de uno de los cajones que habían al fondo del mueble el cual extraje con cuidado, después intenté pulsar el resorte, no pasaba nada,  probé a  girarlo a la derecha, viendo que tampoco funcionaba así lo rodé ahora hacia la izquierda y entonces una pequeña trampilla se abrió en el hueco perteneciente al pequeño cajón. ¡Un compartimento secreto! ¡Había encontrado un escondite dentro de este viejo mueble!, ¿habría algo en él?, mi curiosidad crecía por momentos, introduje la mano en el hueco del cajón en el que estaba abierta la  trampilla, levanté con cuidado la tapa de madera que se había separado del fondo del mueble y hurgué en el interior del pequeño hueco que quedaba, tendría un centímetro y medio de profundidad y unos diez centímetros de ancho por quince de largo, era muy pequeño, allí no cabria nada. Al inspeccionar con mis dedos el cubículo descubrí que sí que había algo en él, extraje con cuidado lo que parecía un papel doblado, cuando lo tuve en mis manos pude comprobar que se trataba de un sobre, debía de llevar muchos años allí,  el papel estaba amarillento y las letras que habían escritas no se podían leer, la tinta se había difuminado. Con suma delicadeza extraje del sobre su contenido, era una carta manuscrita, la miré atenta sin llegar a leerla, el destinatario de este escrito lo debió de leer muchas veces ya que el papel había sido doblado y vuelto a doblar, en algunos de los lados el documento se veía fragmentado, casi se había convertido en cuatro partes que dejarían de estar unidas en cualquier momento.  
“15 de Enero de 1937”, dios mío… ¡de eso hace más de setenta años!, me sentía sorprendida y a la vez llena de curiosidad, un poco nerviosa también, tenía en mis manos un documento escrito hace muchísimo tiempo, en la época de la guerra civil. Me invadió la impaciencia, tenía que seguir leyendo… “Para Anita, a la que tanto amo”, al parecer se trataba de una carta de amor, decidí dedicarle su merecido tiempo y abandoné mis útiles de restauración, me dirigí al salón, me serví una copa de vino, me acomodé en uno de los sillones y me dispuse a leer tranquilamente aquello que tenía en mis manos y que había acaparado totalmente mi atención.
15 de Enero de 1937
Para Anita, a la que tanto amo.
Como todos los días desde que estamos lejos, te estoy recordando. Te materializas en mi mente y me traes recuerdos inolvidables de los momentos en los que estuvimos juntos, cuando tu compañía llenaba mis días. Miro dentro de mí y veo tu rostro alegre y la mirada que me ofrecían tus ojos,  que me llenaba de confianza.
En todos los momentos del día te tengo presente, en los buenos y en los malos, aunque con el tiempo los momentos buenos son cada vez más escasos. Cada día de lucha que pasa mi cuerpo está más cansado, y aunque hago un esfuerzo para que mi espíritu amanezca al alba con fuerza renovada, al despertar  tan sólo espero que llegue rápido el fin del día que acaba de comenzar.
Todas las noches le pido a Dios que esto acabe cuanto antes, no quiero ver morir a mis compañeros, ni levantar mi arma contra nadie, tengo miedo de morir en la batalla y sólo deseo volver a casa, junto a ti, planificar un futuro juntos y olvidarme de esta pesadilla que estoy viviendo.
Te quiero Anita, por favor… mi amor…  nunca me abandones, el saber que estás conmigo, a pesar de la distancia que nos separa, me hace tener ánimos para afrontar un día nuevo en este infierno en el que me encuentro.
Te amo Anita, quiero estar junto a ti, para siempre, sentirte a mi lado todos los días de mi vida. Tú eres el regalo que me ha dado Dios y espero que esto acabe pronto para poder ofrecerte todo este amor que llevo dentro.
Espero estar pronto contigo.
Tuyo por siempre.                                                                                                             
Pedro
Al  terminar la lectura me embargaba una gran emoción, Pedro, el autor del escrito,  plasmó en el papel su amor por Anita, y también el miedo que sentía por estar en medio de la batalla. Doblé la carta y la volví a meter en su envoltura, después la guardé dentro de otro sobre nuevo en el cajón de mi cómoda. Esa noche no dormí bien, pensaba en Pedro y Anita, esas dos personas que seguramente vivieron una bonita historia de amor, ya no estarían en este mundo, hice cálculos y era imposible que siguieran vivas, sin embargo sus hijos… sus nietos… ellos sí vivirían aún, seguramente utilizaron el mueble durante años sin saber que en él se encontraba este escrito en el que su padre decía palabras de amor a su madre.  Al día siguiente decidí ir a visitar al anticuario.
Tuve que insistir mucho al dueño de la tienda para que me facilitara la dirección en la que había recogido el mueble que una semana antes me había vendido, accedió después de hablarle de mi hallazgo y de mi intención de devolver la carta a los que pensaba eran los descendientes de aquel que la escribió. El hombre me dijo que se trataba de una señora de unos setenta años que se estaba desprendiendo de todo el mobiliario de su hogar, lo llamó a él porque conservaba algunos muebles de su madre que pensó podrían tener algún valor, y así fue, el anticuario, además de comprarle el buró que yo había adquirido, se llevó también una mecedora, un  armario, una vitrina, una cómoda y algunas cosas más.
Esa misma tarde me dirigí a la dirección que me había proporcionado el anticuario. Se encontraba en la parte antigua de la ciudad y se trataba de una casa unifamiliar que iba a ser demolida próximamente, el gran cartel que ocupaba prácticamente la totalidad de la fachada decía que en su lugar se levantaría un edificio de cuatro plantas de viviendas de tres dormitorios con trastero y garaje, anunciaban también el precio desorbitante por el que se iban a vender.  Me quedé frente a la casa sin saber qué hacer, que mala suerte, estaba claro que allí ya no vivía nadie, la dueña de mi buró se encontraba en paradero desconocido. Cuando estaba a punto de marcharme, pensé que podría preguntar a algún vecino, la mujer habría vivido en esa casa durante muchos años y seguramente alguien tendría las señas de su nueva dirección; merecía la pena intentarlo. Justo en la acera de enfrente se levantaba una casa de dos plantas, que tenía aspecto de ser también muy antigua, los dos pequeños balcones del piso de arriba se encontraban repletos de geranios rojos y una de las ventanas de la planta baja tenía la persiana a media altura lo que indicaba que la vivienda estaba habitada. Llamé al timbre, escuché pasos, presentí que me observaban a través de la mirilla de la puerta, el cerrojo crujió y una anciana apareció tras el portón. Después de desearle las buenas tardes le pregunté por el paradero de su vecina de enfrente, la señora me miraba desconfiada y finalmente tuve que relatarle, a ella también, el motivo de mi interés por localizarla, su curiosidad se despertó entonces y después de bombardearme a preguntas con respecto a la carta y el mueble,  me contó que la mujer que vivía en aquella casa se llamaba Ana, había quedado viuda hacía poco tiempo, la soledad le daba miedo pero no quería molestar a sus hijos, que vivían en otra ciudad, así es que decidió vender la casa e irse a una residencia de ancianos donde estaría bien cuidada y, lo que para ella era más importante, acompañada. La anciana me facilitó la dirección, el hogar para mayores se encontraba en la otra punta de la ciudad, ya no me daba tiempo a ir esa tarde, tendría que dejarlo para la próxima semana ya que para los próximos días tenía ya programadas diferentes actividades.
 En los días siguientes me olvidé de la carta, pero llegado el fin de semana retomé el trabajo de restauración del viejo escritorio y decidí que la primera tarde que tuviese libre iría a visitar a la señora Ana a la residencia de ancianos. Y así lo hice, el miércoles a media tarde atravesé la ciudad con la intención de visitar a una señora a la que no conocía para entregarle aquel objeto que la casualidad hizo caer en mis manos y que pensé le pertenecía y le gustaría poseer.
Cuando pregunté por Ana en recepción me informaron de que se encontraba en el salón haciendo ganchillo, agradecí la pista que me dieron para poder reconocerla pues igual, si se enteraban que era una desconocida para la mujer, no me hubiesen dejado hablar con ella. Nada más entrar en la sala supe quién era, sentada en un sillón se encontraba una mujer relativamente joven, comparada con el resto de ancianos que habían en el lugar, pulcramente vestida, con el pelo estirado hacia atrás y sujeto en un cuidado recogido, unas pequeñas gafas de cerca le servían para poder ver con exactitud los puntos que realizaba en la delicada labor en la que trabajaba. Me acerqué y la llamé por su nombre, la mujer levantó la vista para mirarme, se quitó las gafas para observarme con detenimiento, después me preguntó si me conocía de algo. Tomé asiento junto a ella y, mientras le relataba  la historia de cómo aquella carta había llegado a mis manos, le entregué el flamante sobre que contenía en su interior el antiguo documento. Ana lo tuvo en sus manos sin abrirlo hasta que terminé mi relato, después extrajo con cuidado el contenido del sobre, se colocó de nuevo las pequeñas gafas y tomándose su tiempo leyó el escrito. Una vez concluida la lectura volvió a guardar la carta en su lugar y quitándose de nuevo las gafas que le permitieron leer, me miró a los ojos,  no podía disimular su emoción. 
¿Cómo dijiste que te llamabas?, me preguntó, Alicia, le respondí. Alicia… estoy muy agradecida por la molestia que te has tomado para traerme esta antigua carta, has dedicado tu tiempo a encontrarme para darme algo que en verdad me pertenece y creía perdido, eres una gran persona, una buena mujer, si esta carta hubiese caído en manos de cualquier otro estoy segura de que jamás la habría recuperado, por ello, por los buenos sentimientos que te han traído hasta aquí, creo que mereces saber de la historia de este escrito. Y la señora Ana comenzó su relato.
Mi madre vino al mundo en el año 1919, cuando su progenitora pensaba que ya se le había pasado la edad para tener hijos, la llamaron Anita y era la pequeña de tres hermanas de las que la separaban bastantes años, por lo que siempre fue la pequeña niña mimada de la casa, su familia disfrutaba de una posición acomodada ya que  su padre, abogado, ejercía en un despacho de una céntrica calle de la ciudad y  disponía de una amplia y fiel clientela. Su madre se esmeró en la educación de sus hijas, a las que envió a estudiar a uno de los mejores colegios religiosos que en aquella época había en la población, las tres se convirtieron en auténticas señoritas. Las hermanas mayores de Anita contrajeron matrimonio con muchachos que tenían por delante un próspero futuro. Sus padres se sentían orgullosos de su prole, sólo quedaba la pequeña Anita que parecía iba por el mismo camino que sus hermanas mayores. Contaba con 17 años y hacía ya unos meses había tenido lugar una pequeña ceremonia en la que Pedro pidió la mano de muchacha a sus padres, convirtiéndose así en novio formal de la pequeña de la casa. Se trataba de un apuesto muchacho de buena familia que cursaba su primer curso de medicina.
Anita siempre estuvo enamorada de Pedro, desde pequeña, él vivía en la casa contigua a la suya y siempre que se cruzaba con ella le dedicaba una amplia sonrisa que a Anita le parecía la más hermosa del mundo. Muchos días esperaba en la puerta de su casa, haciendo  tiempo, la hora en la que sabía que él pasaba por allí, tan solo para recibir aquella hermosa sonrisa. Los años pasaron y Anita cumplió los 16, ya no era una niña, ya no se conformaba con una simple sonrisa, quería que Pedro le hablara, sin embargo ese momento tan esperado por ella no llegaba así es que decidió forzar la situación, y lo hizo con el truco más viejo, dejó caer sus libros justo en el momento en el que él pasaba por su lado. Pedro, caballeroso los recogió del suelo y ella le dio las gracias, no hay porqué darlas, lo he hecho con mucho gusto, le respondió el muchacho, me llamo Anita, dijo ella, yo soy Pedro, dijo él, y así empezó lo que para ella fue su gran historia de amor.
Las horas se le pasaban lentas pensando en él y luego, cuando se encontraban, el reloj corría más deprisa y otra vez volvía a estar esperando el momento del reencuentro. Al poco tiempo, Pedro, le propuso formalizar la situación pidiendo su mano, estaba tan enamorado de ella como ella de él. Después las cosas se complicaron, la guerra se hizo una realidad y Pedro fue llamado a filas. La experiencia de la despedida fue muy dura para Anita que quedó desolada por la ausencia de su amado. Ella le prometió que lo esperaría el tiempo que fuese necesario y el muchacho le  aseguró que le escribiría cada día.  Sin embargo, a Pedro no le dio mucho tiempo a escribir, al principio estuvo en un campo de entrenamiento en el que desde el amanecer hasta bien entrada la noche era sometido a una dura disciplina, llegada la hora del descanso caía agotado en el catre y, cuando aún le parecía que acababa de acostarse, ya sonaba la corneta que anunciaba el nuevo día. Llevaba en aquel lugar un mes aproximadamente cuando les hicieron recoger sus pertenencias, marchaban al campo de batalla, y a las pocas horas se encontraron inmersos en un indescriptible infierno en el que Pedro no había pedido estar. Cuando con el paso de los días se fue haciendo a la idea de que aquello era lo que le había tocado vivir, decidió escribir a su novia, había roto la promesa que le hizo y por eso decidió redactar una carta en la que le hablaría de sus sentimientos en vez de contarle de su día a día.
Anita tan sólo recibió aquella misiva, a los pocos días, Pedro, fue herido un una pierna y trasladado al hospital militar. Después de varias semanas de recuperación recibió el alta y fue enviado a su casa unos días para recuperar fuerzas, antes de volver de nuevo al campo de batalla. Nada más llegar a la ciudad Pedro visitó a su querida Anita, los dos intentaron vivir intensamente ese tiempo que les habían regalado, se miraban, se besaban, se abrazaban, querían retener en la memoria cada minuto, cada segundo, ambos sabían que después les esperaba la distancia y tendrían que vivir de los recuerdos de estos días en los que tenían la oportunidad de disfrutar el uno del otro.
Quedaban sólo unas cuantas horas, a la mañana siguiente se marcharía de nuevo, ambos paseaban por la ciudad cuando Pedro vio no muy lejos a dos viejos amigos, dos muchachos seminaristas compañeros de colegio, los conocía desde que eran pequeños y se alegró de verlos. Espera aquí Anita, le dijo a su novia, voy a saludar a mis amigos. Pedro cruzó la calle, la alegría del reencuentro fue mutua, los tres muchachos se enzarzaron en una amistosa conversación, en unos minutos intentaron contarse todo aquello que les había acontecido desde la última vez que se vieron, hablaban y hablaban y Pedro se olvidó de que Anita se encontraba al otro lado de la calle, la muchacha esperó pacientemente al principio pero conforme pasaba el tiempo se iba molestando cada vez más, finalmente decidió llamarlo, ¡Pedro! ¡Pedro!, le gritó, y el chico comprendió que debía marcharse con ella, ya la había hecho esperar suficiente. Mientras se alejaba de sus antiguos compañeros,  Pedro cruzó la calle justo en el momento en el que un camión doblaba la esquina a gran velocidad, él saludaba a sus antiguos compañeros en señal de despedida , no se percató de la presencia del vehículo, Anita gritó, pero ya era tarde, el golpe fue brutal, el cuerpo de Pedro quedó ensangrentado en la calzada, Los jóvenes seminaristas corrieron hacia el lugar,  la gente que en aquellos momentos pasaba por la calle se acercó rápidamente a prestarles auxilio, pero ya solo encontraron el cadáver del muchacho, Anita lo acunaba entre sus brazos sumida en un inconsolable llanto, cuando consiguieron separarla de él, a la joven  se le nubló la visión y perdió el sentido.
Nunca llegó a reponerse de la perdida de Pedro, su feliz futuro se desvaneció en un instante,  Anita no concebía una vida sin Pedro, desde pequeña soñó que él era para ella y su sueño se estaba cumpliendo. Cuando llegó la guerra y Pedro fue llamado a filas temió que muriera en la batalla, y ahora… había sido un maldito accidente el que se había llevado su felicidad… Tan solo le quedó de él aquella única carta en la que habían escritas las que para ella eran las más bellas palabras de amor.
Unos años después Anita contrajo matrimonio con Amador, hijo de uno de los socios de su padre, que también sufrió un gran contratiempo poco tiempo antes. Amador tenía diez años más que Anita y siempre había tenido novia,  Juani, la hija del médico del barrio, una muchacha presumida y altanera, poseedora de una belleza extraordinaria que la hacía diferente a las demás. Amador era el hombre más envidiado del barrio, se llevaba a la más hermosa, sin embargo no fue así, Juani ayudaba a su progenitor en la consulta que éste tenía en su casa, y allí conoció a uno de los pacientes de su padre, un joven indiano que acababa de heredar una gran fortuna. Una noche,  Juani, sin más explicación,  se marchó con él y Amador fue el “hazme reír” del barrio,  andaba en boca de todos, el tonto que no sabía que su novia andaba con otro que tenía más dinero que él y lo abandonó.  Cuando se enteró de la desgracia de la pobre Anita dejó pasar un tiempo prudencial y empezó a rondarla, Anita hubiese preferido quedarse sola, nunca podría amar a nadie más, pero sus padres y sus hermanas insistieron, una mujer necesitaba a un hombre a su lado, una mujer sola no puede salir adelante, y se dejó convencer, se casó con Amador.
Tan sólo habían pasado unos meses desde la boda cuando Anita recibió su primer golpe. Amador tenía un carácter agrio que empeoraba con el tiempo, muchas noches llegaba un poco bebido a casa y cualquier cosa le parecía mal, entonces Anita se convertía en el banco de sus insultos y finalmente también en el blanco de sus golpes, no le servían de nada sus protestas ni sus intentos de hacerle entrar en razón, la ira se apoderaba de él y no tenía medida.  En una ocasión se lo contó a su madre, hija ten paciencia y pórtate bien, a los hombres hay que saber llevarlos, con el tiempo lo iras conociendo mejor y las cosas cambiarán. Pero las cosas no cambiaron.
Anita tuvo una niña, y en ella volcó todo su amor, la pequeña le dio un motivo por el que seguir adelante, sólo rezaba a Dios para que Amador jamás le pusiera la mano encima a su pequeña, y por ella, por su hijita, Anita se convirtió en la más fiel sumisa de su esposo. Cuando llegada la tarde escuchaba el timbre de la puerta, que anunciaba la llegada de su esposo, se le encogía el corazón, quería desaparecer, hacerse invisible, e intentaba que ese día todo fuera bien, sin embargo, por mucho que ella pusiera de su parte, era el azar el que disponía de su suerte, nunca sabía qué le depararía el día. Cuando Amador llegaba enfadado o molesto por los problemas que le habían surgido en su jornada laboral, Anita sabía nada más verlo que le gritaría y le pegaría. Si llegaba contento era diferente, entonces tenía que llevar mucho cuidado porque cualquier cosa fuera de lugar cambiaría su aparente jovialidad por irritación y ya era seguro que terminaría furioso. Con el paso de los años Anita se había acostumbrado, a los ojos de los demás parecían una pareja normal, incluso daban la sensación de ser felices,  Amador… un hombre tan bueno, tan trabajador, tan atento con su esposa y con su hija…, sin embargo en la intimidad del hogar las cosas pintaban diferentes, y su único consuelo era pensar en Pedro, y leía su carta una y otra vez, aquella carta en la que habían escritas sinceras palabras destinadas a ella. 
Cuando la pequeña Ana había cumplido diez años Amador sufrió un infarto y murió, Anita no lloró por él, al contrarío, una gran calma invadió su interior, y no se sentía culpable por ello, ahora su vida le pertenecía y se la ofrecería a la única persona de este mundo que le importaba, su hija Ana.
Mi madre murió cuando yo tenía 20 años, y siempre que me viene a la memoria  la recuerdo sentada en su mecedora leyendo una carta, esta carta que tú ahora me traes y que me ha hecho revivir de nuevo la historia que mi madre me contó un día, cuando teniendo yo 19 años le pregunté por ese papel que leía una y otra vez. Fue una buena mujer, y una buena madre. Cuando murió intenté encontrar la carta de Pedro, sin embargo no la hallé, parecía como si se la hubiese llevado con ella.
 El relato que acababa de escuchar de aquella mujer que se encontraba sentada junto a mí, me llenó de emoción, no sabía qué decir, no tenía palabras, cogí sus manos en las mías, quería que supiera que todo aquello que acababa de contar me había llegado al corazón, ella respondió a mi acto con una triste sonrisa.  Ana… ¿qué va a hacer con la carta?, le pregunté.
Al día siguiente fui a recogerla al hogar de ancianos, subió al coche y juntas nos dirigimos al cementerio de la ciudad, a un precioso panteón de mármol blanco en el que descansaba la familia de Ana. Es el panteón de mis abuelos, mi padre no está aquí, está lejos, me dijo señalando con el dedo a un lugar indeterminado. Sacó la llave de su bolso y entramos en el antiguo y cuidado mausoleo, en uno de los lados se podían ver pequeñas osarios y en el lado contrario había tres urnas en forma de vasija, Ana me explicó que una de ellas contenía las cenizas de su madre a la que hacía unos años decidió incinerar en vez de colocar en un osario. Extrajo una pequeña bandeja de plata que había traído en una bolsa, colocó allí la carta, aproximó el encendedor y cuando pulsó el botón la llama prendió el viejo papel. A los pocos segundos, el documento que había permanecido durante tantos años guardado en aquel mueble, se había convertido en cenizas. Muy despacio Ana abrió la vasija que contenía las cenizas de su madre y vertió en ella lo que quedaba de aquella preciosa carta de amor. Después nos marchamos. La carta de Pedro estaba en el lugar que le correspondía.

3 comentarios:

  1. que bonita historia , gracias por compartirla

    besitos

    Mari

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  2. Felicitaciones!
    Comparto contigo el amor por la lectura. Leía clásico a temprana edad, guiada al principio por mi padre y como tu sanadora trato de mitigar el dolor ajeno, Gracias a Dios éstos son otros tiempos.

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  3. ¡Una historia muy linda! Gracias por compartirla con nosotros...Un beso

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