Los blog's se alimentan de los comentarios que dejáis. Gracias...

martes, 22 de enero de 2013

EL LECTOR DE POESIA



Todas las semanas, mientras tachaba los números de aquel cupón, soñaba las cosas que haría si resultara premiado, después, los sueños se me olvidaban, no me iba a pasar a mí. Sin embargo, aquel sábado, el hombre que se encontraba tras el mostrador, me dirigía una mirada extraña, sin conocerlo lo suficiente, supe que era de asombro. Le ha tocado, me dijo. Su vista pasaba de la boleta a la máquina que daba el resultado, y no daba crédito a lo que veía en ella. Le ha tocado, le ha tocado mucho dinero, repitió mirándome con los ojos muy abiertos, y así fue, mi combinación había sido premiada, y recibí lo suficiente para poder vivir holgadamente, y sin trabajar, el resto de mi vida. Cuando comprobé que la fortuna prometida se encontraba depositada en mi cuenta bancaria, redacté una carta de baja voluntaria que me desvinculaba de mi trabajo, ya no necesitaba pasar ocho horas diarias detrás de aquel mostrador del supermercado cortando filetes, pelando pollos y aguantando las impertinencias de algunas clientas.

Decoré mi hogar, me regalé un precioso coche nuevo, renové gran parte de mi vestuario y disfruté realizando el viaje de mis sueños. Y ya… poco más podía hacer; me apunté al gimnasio, me matriculé en algunos cursos, y dediqué muchas horas a mi más apasionante afición, la lectura. Con el transcurrir del tiempo, fui dándome cuenta  que necesitaba hacer algo que me hiciera sentir útil, ahora disponía del tiempo y también de los medios, había llegado el momento de tomar la iniciativa, y poner en marcha aquel proyecto que siempre estuvo en mi mente, y nunca tuve posibilidad de hacer realidad.
Desde niña sentí que, cuando fuera mayor, quería vivir rodeada de libros, tal vez por el placer que me producían las horas que pasaba leyendo en la biblioteca, o porque en cada libro veo una historia, una aventura, y la posibilidad de desarrollar esa maravillosa capacidad de imaginar que todos tenemos, y que nos permite llegar a convertirnos en el personaje que vive en el libro. Estaba decidido, haría realidad aquello que desde siempre deseé, abriría una librería.
            El proyecto estaba en fase de estudio, y necesitaba saber las gestiones burocráticas necesarias para su realización, así pues, me dirigí al ayuntamiento para recabar información, éste se encuentra en la parte vieja de la pequeña ciudad, de trazas medievales, en la que vivo.  Al doblar la esquina de una de las estrechas calles del barrio antiguo, me topé con el escaparate de una añeja librería ubicada en los bajos de un edificio que posiblemente tendría cientos de años de existencia. Me detuve unos momentos para poder contemplar aquellos envejecidos tomos colocados cuidadosamente en la exposición.  Cómo me gustaría que mi librería fuese como ésta, pensé al ver la cantidad de historias maravillosas que debían de contener aquellos viejos volúmenes. Mi mirada recorría, a través del cristal, aquella exposición de inmemoriales ejemplares maltrechos, cuando advertí, en una esquina, un pequeño y desdibujado cartel en el que sus letras, casi borradas, formaban las mágicas palabras, “se vende”. No podía creerlo, la suerte me sonreía. El dueño se jubilaba. El negocio había pertenecido a su bisabuelo, a su abuelo y después a su padre, ahora él se veía en la obligación de venderlo ya que no tenía descendencia. El hombre, que aparentaba tener más años de los que decía tener, propuso un precio que me pareció excesivamente bajo, dado el volumen y el valor de los libros que contenía el establecimiento, y la situación privilegiada de éste, pero tenía interés en acelerar la venta ya que la fecha de la jubilación estaba próxima, así es que acepté la oferta y, en poco tiempo, tomé posesión de la librería.
            Poco a poco fui conociendo el contenido de sus estanterías, algunas de ellas se encontraban repletas de verdaderas joyas de incalculable valor, aunque también disponía de las últimas novedades publicadas. Mis clientes visitaban el comercio con diferentes fines, unos eran anticuarios, o coleccionistas y se dedicaban a estudiar los tomos más antiguos, raros y originales. Otros, buscaban libros inéditos, y otros, simplemente, una buena historia con la que disfrutar de la lectura. La biblioteca contaba con innumerables pasillos repletos de la mejor literatura, y disponía de una sala con cómodos sillones y luz adecuada, en la que ofrecía a los lectores la posibilidad de deleitarse con la lectura, sin siquiera tener que adquirir el libro.
            En los momentos tranquilos, en los que tenía pocos clientes, me dedicaba a hacer inventario del contenido de los estantes. Este trabajo llevaba su tiempo, ya  que tomaba cuidada nota de las características de cada uno de los tomos, para después transcribirlas al ordenador, con el fin de crear una buena base de datos a la que pudiera acceder desde diferentes índices. Aquel día advertí algo extraño, me dio la impresión de que faltaba un volumen. Observé un hueco entre dos libros que daba la sensación de haber estado ocupado antes. No le di mucha importancia, posiblemente estaría equivocada y ese hueco había estado siempre ahí. A la semana siguiente me percaté de otro espacio vacío en otro de los estantes, pero esta vez tenía la seguridad de que allí hubo un libro, ya que lo había inventariado pocos días antes. Se trataba de “Ocios de mi Juventud”, de José Cadalso, poeta neoclásico. Busqué la obra por todos los rincones sin encontrarla, no entendía que podía haber sucedido, ni quise pensar que algún cliente lo había sustraído, aunque, muy a mi pesar, fue  la conclusión a la que llegué.
            El libro de Cadalso anduvo por mi mente durante un tiempo, en el que vigilaba, recelosa, los movimientos de mis parroquianos, sin embargo, ninguno de ellos me producía desconfianza. Cuando ya había conseguido olvidar la pérdida, hallé otra falta, se trataba de otro poemario, esta vez de Rosalía de Castro. Me indigné, alguien robaba los libros de mi biblioteca sin yo darme cuenta, éste era el tercer libro que echaba en falta, ya no eran imaginaciones mías. La irritación que me produjo aquella situación hizo que, inconscientemente, repasara los espacios vacíos de los libros desaparecidos. Cual no fue mi sorpresa al comprobar que, aquel primer hueco, lo ocupaba ahora un libro de poemas de Miguel de Unamuno, autor de la generación del 98. Miré entonces el segundo hurto y quedé asombrada, el libro de Cadalso se encontraba en su sitio. No podía creer lo que estaba sucediendo, los libros se desvanecían, y volvían a surgir en los estantes como por arte de magia. Alguien me estaba gastando una broma de mal gusto. Los días siguientes vigilé el lugar correspondiente al libro desaparecido, la semana transcurrió sin incidentes, pero el lunes, cuando abrí las puertas y entré en la biblioteca, el libro ya se encontraba en su lugar. Repasé uno a uno los anaqueles, repletos de obras maestras de la literatura, hasta que finalmente encontré el ejemplar desaparecido, sea quien fuere el que sustraía los libros era un amante de la lírica, esta vez faltaba una recopilación de poesías de Moratín, autor neoclásico de la misma época que Cadalso. Rondé de nuevo, durante muchas horas, el espacio que debía ocupar el libro, sin embargo, su reposición no se produjo hasta el lunes siguiente. Repasé de nuevo mi colección y encontré, como ya iba siendo habitual, el que faltaba.
            Cada lunes, aparecía restituido el ejemplar sustraído la semana anterior, y había desaparecido uno nuevo. Cambié las cerraduras, pensando  la posibilidad de que alguien tuviera un duplicado de las llaves, pero el lector de poemas se seguía colando en mi librería cada fin de semana. ¿Cómo se las ingeniaban para poder realizar aquel intercambio de libros? Intenté localizar al antiguo dueño, pensé que me podría dar alguna información sobre lo que estaba sucediendo, pero se había mudado, y sus antiguos vecinos no sabían su nueva dirección. No hablé a nadie del misterio de mi librería, no me creerían, lo que estaba sucediendo era algo verdaderamente inverosímil.
 Con el tiempo, me acostumbré a convivir con aquel enigma, cada lunes anotaba el título desaparecido y comprobaba que se había realizado la correspondiente reposición. No intenté buscar más explicación a ese extraño fenómeno que tenía lugar en mi biblioteca todas las semanas. 
            Terminado el inventario, tocaba limpiar cuidadosamente cada uno de los volúmenes, y seleccionar aquellos que necesitaban ser restaurados. Al extraer un grupo de libros de uno de los estantes más antiguos, quedó al descubierto el borde de lo que parecía una pequeña puerta, y conforme desalojaba el anaquel se hacía más visible. De repente, debí accionar algún secreto resorte, que puso en marcha el mecanismo que hizo que la estantería se desplazara hacia un lado, y la portezuela quedó al descubierto. Sentí como un leve temblor se apoderaba de mi cuerpo, estaba asustada, sin embargo, permanecía allí clavada, decidida a abrir la cancela y averiguar que había tras ella.
            El mecanismo del viejo postigo era muy simple, levantar, estirar, y la puerta se abrió. Tenía ante mí un grueso muro de piedra velado, por el otro lado, por un cuarterón de madera de aspecto añoso. No sabía si se trataba de una nueva puerta, desde luego, no tenía manilla ni cerradura. Lo palpé cuidadosamente por toda su superficie, no pasó nada. Intenté empujarlo, y tampoco pude. Observé detenidamente el muro de piedra, primero por la derecha, allí había algo, más o menos a la altura de mi cabeza descubrí un hueco en la piedra, miré ahora hacía la izquierda, otro hueco exactamente igual se encontraba a la misma altura. Introduje la mano en el espacio abierto en la piedra del muro que se encontraba a mi derecha, pude palpar una especie de argolla, tiré de ella, cual no fue mi sorpresa al escuchar cómo el estante de mi librería se desplazaba, empujando y cerrando de nuevo tras de mí el portón que yo antes había abierto. Me invadió el pánico, me encontraba en aquel reducido espacio rodeada de silencio y de oscuridad. Mi mente se llenó, de repente, de terroríficos pensamientos que intenté desechar. Respiré profundamente para tranquilizarme y poder pensar con sentido común. Pasados unos minutos había recuperado la cordura, y rebusqué de nuevo en el hueco del muro, encontré el arete y tiré de él. Al momento escuché el sonido del mueble que se desplazaba de nuevo, y rápidamente abrí la puerta.  Respiré aliviada, me dirigí a la sala de lectura y, sentada en uno de los sillones, intenté calmarme. Poco a poco mi pulso se normalizó, ya podía  volver al lugar y seguir mi investigación. 
            Allí estaba de nuevo, entre aquellos muros de piedra, frente a aquel panel de vieja madera que me cerraba el paso, busqué el anillo escondido en el muro de la izquierda y tiré con fuerza. Escuché un ruido seco y, al momento, la pared de madera situada frente a mí se desplazó despacio, dejando libre el paso. Con cautela entré en la estancia, la estudié detenidamente y, a pesar de parecerme increíble, supe exactamente donde me encontraba. Se trataba de un pequeño y sobrio habitáculo en el que tan sólo un pequeño crucifijo adornaba sus desnudos muros de fría piedra, el resto de la decoración se limitaba a unos cuantos muebles maltrechos, un reclinatorio, un viejo escritorio en el que descansaba una antigua biblia junto al último libro sustraído por el lector de poesía, un catre, una pequeña mesilla sobre la que se apoyaba lo que parecía un misal, un antiguo y rancio armario, y el estante corredizo que contenía una imagen de la virgen maría, unos cuantos libros religiosos, un precioso cofre de madera y dos cajas de cartón, una exigua ventana y una puerta con una diminuta ventanilla, era todo lo que contenía la austera habitación. El edificio donde se encontraba mi librería, colindaba con un antiguo convento medieval de monjas de clausura y, en esos momentos, me  encontraba en una de las celdas destinada a las monjas del monasterio. Abrí la puertecilla que daba salida a la celda, el largo pasillo de piedra que se abría ante mí traía el eco de los canticos de las monjas, no había duda, me encontraba en el convento, y una de las monjas era el lector de poesía, o mejor dicho, la lectora de poesía que intercambiaba libros en mi biblioteca. No me atreví a deambular más por aquella antigua construcción medieval, y volví a mi tienda tirando de la argolla que desplazaba el panel de la celda de la monja; cerré la puerta situada en mi biblioteca, y busqué el resorte que movía el mueble desde dentro de la habitación.  Tras escudriñar durante un buen rato, descubrí, en la parte de atrás de uno de los estantes, una pequeña palanca sobresaliente, y al accionarla el mueble se trasladó dejando de nuevo oculta la pequeña  puerta,  allí parecía no haber nada.
            Tras meditar durante unos días, decidí desenmascarar a la lectora de poesía, a la monja cuya celda colindaba con mi librería. Quería que supiera que la había descubierto, que sabía su secreto. Esperé toda la tarde del sábado sin que nada aconteciera. A las dos de la tarde del domingo, cuando me disponía a salir unos minutos a comer, el silencio de la biblioteca se rompió y escuché el sonido del mueble al desplazarse. Se me aceleró el pulso, contuve la respiración,  y por un momento dudé. Pero la curiosidad podía más que el miedo, y con decisión me dirigí al lugar. Llegué justo en el momento en el que la monja abría la puerta que le daba paso a la biblioteca.  Al verme, quedó paralizada, sus mejillas se sonrojaron, y su expresión mostró el asombro y el miedo que sentía. Después de unos segundos, en los que las dos permanecimos inmóviles manteniéndonos la mirada, la monja reaccionó emprendiendo la huída.  No se vaya hermana, le dije, me gustaría hablar con usted. Tardó un momento en reaccionar, y finalmente se giró, clavando sus avergonzados ojos sobre los míos. Venga, vamos a sentarnos, le apunté señalando el camino de la sala de lectura, y ella, cabizbaja, me siguió.
Menuda, de poca estatura, su negro hábito tan sólo dejaba al descubierto unas rugosas manos, y un rostro cargado de años. Cuando me habló, advertí que  el tono de su voz desprendía dulzura y bondad.
 Sor María Jesús, así me dijo que se llamaba,  me contó cómo, durante más de cincuenta años, había hecho de la oración, de la conversación interior, su forma de vida.  Las hermanas se levantan temprano, trabajan en el huerto y haciendo pastas que venden a través de una ventana, única conexión con el mundo exterior. El resto del tiempo lo dedican a la oración,  horas y horas de rezos, de meditación. No hay  televisión,  ni radio, ni llega  la prensa, y tan sólo disponen de una pequeña biblioteca, en la que la mayoría de libros son religiosos.     
            Tenía unos treinta años, me decía la monja con lágrimas en los ojos, cuando la madre superiora, me informó que la anciana sor Josefa agonizaba. Vaya a verla, hermana, me dijo la abadesa, su compañía la confortará.  Sor Josefa, antes de morir, me cedió su celda. Por fin saldría del dormitorio común, y tendría mi pequeño espacio, mi intimidad. Hermana… susurró a mi oído sor  Josefa desde su lecho de muerte, te he elegido a ti porque sé que tienes sed de saber, y tengo la seguridad de que guardarás el secreto y cumplirás la regla, como lo he hecho yo, y como lo han hecho las hermanas que han habitado esta celda antes que yo. Observa la librería, me decía la moribunda, busca la palanca, tira de la argolla y toma prestado el libro, siempre el día domingo a las dos de medio día, y nunca, nunca, olvides devolverlo. Y así lo he ido haciendo durante todos estos años, he cumplido siempre la regla, y gracias a la lectura,  he podido sobrevivir entre estos muros de piedra. La poesía ha alimentado mi imaginación, y ésta ha volado fuera del encierro para vivir mil vidas diferentes, mil experiencias maravillosas. 
            La anciana escondió el rostro entre sus manos y rompió en llanto. Que voy a hacer ahora…, decía. Me conmoví, mi librería había sido, durante generaciones, la biblioteca de algunas de estas hermanas enclaustradas, su lazo de unión con el mundo, y ahora, la anciana veía cómo se cerraba esa mágica puerta. 
-  Hermana…, ahora hará lo mismo que ha hecho siempre, coger un libro prestado cada domingo a las dos, y devolverlo a la semana siguiente. Olvide que me ha visto, olvide que hemos hablado, borremos estos minutos de nuestras vidas, y siga cultivando su alma con la poesía.
 La monja me miró agradecida y me dio un sincero abrazo. No podía hacer otra cosa, mis libros eran uno de los pocos placeres que, en secreto, se permitía, y lo único que la animaba a vivir y a permanecer fiel a la dura vida del claustro.
No la volví a ver, pero, de vez en cuando, encontraba una nota en el libro que devolvía, en la que se podía leer simplemente “gracias”.
Y yo estaba tranquila, había resuelto el misterio del lector de poesía.

1 comentario:

  1. Estoy prendada de la sensibilidad con la que escribes tus relatos, llegan al corazón y, éste en particular, ha conseguido hacer reaccionar cada célula de mi cuerpo. ¡¡Gracias por deleitarnos con ellos!!Besazos.MN

    ResponderEliminar

Los textos de este blog son propiedad del autor y están registrados

DERECHOS

Licencia de Creative Commons
LEYENDO HISTORIAS - RELATOS by Antonia Gago is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.