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martes, 22 de enero de 2013

AL COMPÁS DE LA MÚSICA

 
Hoy es mi primer día de clase, María pasó a recogerme temprano, quería que fuésemos puntuales, pero tuvimos suerte y encontramos aparcamiento justo en la puerta, así es que no sólo no hemos llegado tarde, sino que somos las primeras. Nos hemos sentado a esperar la llegada de los demás. Aparentemente estoy tranquila, sin embargo, mi interior está revuelto, esta experiencia nueva que voy a vivir me llena de temor, y una parte de mi tira con fuerza hacía la puerta, quiero marcharme a casa, a la seguridad de mi hogar, pero también escucho el eco de esa voz que me dice que me quede, que no puedo seguir escondiéndome, que debo avanzar, seguir enfrenándome a la vida.  María me habla sin parar, para hacer más llevadera la espera, sin embargo, yo no la oigo, me estoy escuchando a mí misma, mis sentidos están atentos a lo que dice mi interior, y estoy haciendo un gran esfuerzo por controlar las emociones que chocan en mi mente. No voy a echarme atrás, esperaré con María a que lleguen los demás, y comenzaré mi clase.
Hace ya casi un año que vivo en la oscuridad, mi cerebro dejó de interpretar las imágenes que le llegaban a través de los ojos. Durante un tiempo, se apoderó de mí una profunda tristeza, perdí el interés por la vida, y la monotonía, y la apatía se adueñaron de mis días. Era el duelo por la pérdida de la visión, me quedé sola con mi interior, la ventana que me unía al mundo se cerró, y así permanecí durante meses, compadeciéndome, sintiendo lástima de mí.
Sin embargo hubo algo que me hizo recapacitar, un recuero... Cuando era niña, compraba mis golosinas en el kiosquito de Pepi, una mujer ciega que había perdido la vista a causa de la diabetes. Siempre sentí pena por ella, sentada en su kiosco, esperando que alguna de las personas que pasaban frente a él, se decidiera a comprarle algo. Cuando quedé ciega, recordé a Pepi,  y me vi a mi misma sentada tras el mostrador de un pequeño kiosco, en algún  desolado barrio perdido. Con el tiempo, comprendí que lo que me apenaba no era la ceguera, sino cómo transcurrían los días de esa pobre mujer. También comprendí que, a causa de la falta de oportunidades, posiblemente, Pepi, aun no siendo ciega, también habría terminado al frente de un triste empleo.
Ahora, intento ponerme en pie, quiero agregar a mis días los acontecimientos necesarios para que valga la pena seguir viviendo, incluso dentro de esta oscuridad. Estoy aprendiendo de nuevo a caminar, a comer, a vestirme… todas las tareas que antes resultaban tan sencillas, ahora se han complicado, pero aprendo rápido, y eso me da ánimos. No tengo prisa, me marco pequeñas metas e intento llegar a ellas, aunque, a veces, se me hace muy difícil vencer la ansiedad, el desaliento que produce tener que volver a empezar de nuevo, el saber que todo lo que antes era sencillo, ahora supone un esfuerzo sublime.   
Hoy tengo frente a mí un nuevo reto, tengo miedo, y temor, pero creo que estoy preparada.
Ya han llegado todos, puedo sentir la presencia de la gente que me rodea, escucho conversaciones cercanas, y murmullos un poco más lejanos, busco la mano de María, sé que está a mi lado, huelo su perfume, y al momento siento su tacto, me quedo más tranquila. María me habla, mi primera clase será en la sala contigua, me acompaña hasta allí. El profesor se presenta, se llama David, toma mis manos en las suyas y me las estrecha con fuerza, no te preocupes Ana, me dice, ya verás como todo va  bien. Ana… esta sala es muy grande… y yo te voy a sujetar, no tengas miedo. Pero… sí lo tengo.
Y suena la música…, David se acerca, y su mano derecha rodea mi cintura, mientras la izquierda se une con la mía. Me habla al oído, como en un susurro, Ana… piensa que tan sólo tienes los ojos cerrados… y baila… baila al compás de la música… Se mueve despacio, esperando mi reacción, y poco a poco, mi cuerpo responde a esa combinación coherente de sonidos  y silencios,  y comienza a moverse.
La armonía y el ritmo me van embriagando, estoy bailando con la cadencia de la sinfonía… Me dejo llevar, mi mente se relaja, ya no hay temor, estoy sintiendo la experiencia, el arte de volar. La melodía musical me llena, y los fuertes brazos que me sujetan, me dan seguridad para poder danzar. Me traslado, mientras danzo, más allá de mis pensamientos, más allá de mi propia individualidad. Me siento libre, feliz….
La clase ha terminado, David se separa de mi cuerpo. Lo has hecho muy bien Ana. Y… lo imagino frente a mí, sonriendo, y no puedo evitar buscarle a tientas, y abrazarle... Él responde a mi abrazo, siente la emoción que me embriaga, las lágrimas escapan de mis ojos, durante ese tiempo en el que me él sujetó entre sus fuertes brazos, mi alma voló por toda la sala, y mi mente se renovó, me sentí  transportada a otro mundo, a otra dimensión, y allí no me hizo falta ver, tan solo bailar… al compás de la música.         

1 comentario:

  1. Que bonito, Toñi, no conocia este blog de historias tuyas. Leyendo este se me ha puesto los pelos de punta de leer como has descrito a una persona los sentimientos que tiene, siente cuando le falta uno de los organos principales para nuestra vida diaria, y creo que la mas necesaria, la vista. Me encanta. Besos.

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